lunes, 24 de agosto de 2009

No hay permanecer en parte alguna.

Como Ulises, después de un viaje -qué es la vida- soy Nadie. Así me doy al mundo, como una rúbrica indescifrable, alimento de los sueños, remiendo de las letras, articulada secuencia de la literatura. Nadie, por falta de tierra, por ausencia de palabras. Nadie. Sine die.
***
En Trieste, después de remontar el sendero por el que Rilke paseaba cuando el Castillo de Duino se le hacía canto mudo, vuelvo la mirada al propio Castillo en busca de una plenitud irreconocible. Y los senderos, como los ríos, son recorridos de precipitada eficacia para el caminante. No conducen a nada, pero te alejan del todo. En el trayecto debe uno cuidar cada pisada sobre la tierra para guardarse del riesgo de verse con un hueso roto o con su cuerpo arrumbado y maltrecho. Por eso la elegía atrapó a Rilke: poesía en el sendero; cada paso, como cada verso, debe costarnos la vida o la muerte.
Con la lluvia, con la poesía, el rastro del camino en la tierra se pierde, así como los pasos de sus caminantes dejan de imprimir en las piedras la trama del paseo. Vuelve la naturaleza a recomponer sus espinas y la disposición del campo vuelve a abrirse a un rito genésico. Con Rilke, “no hay permanecer en parte alguna”.
Al fondo, ya alejado, a las espaldas, siempre el Castillo, como una locura precipitada al Adriático, como una elegía dictada por un ángel en un paraje de vocales arbóreas.
A mitad del sendero, noto que mis pasos se solapan con otra melodía, como una música inalterable que acuña las extremidades de mi discurso. Sondeo la intrincada ruta y me desvío con voluntad de pájaro. En otros caminos, en esos inciertos ángulos de la nada, vislumbro entonces un perfil tallado en el silencio. No lo dudo y me entrego. La mano de un ángel arruga mis certezas.

***
Manejo mis días con la agilidad de un fauno. Entre mis dedos, el tiempo es una posibilidad del infinito. Uso las palabras de otros hombres para hablar de mí, para acechar al verbo que descubra mi existencia.
La literatura es la manifestación de que existe una vida de la que brotamos todos, una sola existencia de la que manan los hombres como arañazos sobre un muro. He comprobado que el hombre es mísero y uno. La literatura es la fisura que ausculta los latidos de la verdad camuflada. Esa vereda que incita al fusilamiento de la carne. Dice Kertész: “Siempre he tenido una vida secreta y siempre ha sido la verdadera”.