sábado, 29 de agosto de 2009

Senecadas con calima.

La calima de estos días y cierto efervescente revolver de lo cotidiano, me llevan a que abra un libro de Séneca. No sé por qué motivo, desde que escuché por primera vez el nombre del cordobés, siempre lo he vinculado con el sofoco y la dilatada morada del verano en agosto. Parece que, en mi entender, se conjugan perfectamente las palabras del estoico con esta sobreexcitación veraniega. A lo mejor, todo proviene de la sonoridad del nombre, esa reminiscencia o eco al secano; o de ese busto de un hombre con mirada torva y con el flequillo empantanado por el calor.
Al abrir alguna página de sus tratados morales y recordando con una sonrisa en los labios su supuesta disposición al suicidio, leo en un escrito dedicado a Paulino y que versa sobre la brevedad de la vida: “lo cierto es que la vida que se nos dio, no es breve, nosotros hacemos que lo sea”. Ah de la vida...
Esta sentencia sacada del libro de Séneca me parece que encuentra analogía en la literatura, en la concepción de la literatura. No es extraño que leyendo un tratado moral, que tiene a la vida como epicentro, observe ángulos aprovechables para la literatura. La literatura en la vida es un espejo cóncavo, es cierto,que la refleja deformada y que la engulle y trastoca, pero también es el material del espejo. Quiero decir que el tiempo en la literatura es una cuestión capital, tanto como en las cuestiones vitales. Por este motivo, cuando Séneca sostiene que la vida en sí no es breve sino que nosotros la hacemos breve, encuentro una lección vital esclarecedora: tu comportamiento, tus actos o tu pensamiento hacen de la vida un compuesto breve. ¿Qué hay más parecido a la literatura?
En literatura, el tiempo es el material de las páginas, la intrínseca sustancia que sostiene en pie toda la significación. No hay un tema mayor que el tiempo o, en mejor decir, del uso o de la concepción que el escritor propugna de él. La lectura es una edificación avocada a la destrucción, aun así los lectores son insaciables. ¿Qué es Faulkner, Joyce, Kafka o Shandy? Trapecistas del tiempo. Sus obras hacen de la literatura en sí un nuevo axioma y con ellos surge la genialidad.
En algún momento, pensé en comenzar estas líneas con una pregunta, pero creo que la pregunta encontrará mejor cabida en otro texto. Ya con el que lees el tiempo ha engullido a toda cuantificación de escritura. Una vez terminado un libro, se desprende éste de todo amarre: con abrirlo, las manillas de la conciencia individual comenzarán a brotar, como mariposas disecadas que alcanzarán la vida de nuevo.

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¿Será la genialidad una consecuencia de la incapacidad? Montaigne no fue capaz de escribir un libro de filosofía con la sistemática escritura de los filósofos. Para entonces, con sus escritos, fundó una nueva manera de escribir: el ensayo. ¿Sería incapaz Rilke de escribir un poema al uso y se entregó por ello a la rotunda esencia de los ángeles? ¿Quiso Cervantes parodiar porque no fue capaz de escribir una novela de caballerías?
La última pregunta lanzada fue, por unos meses, motivo de discusión con unos amigos de la Facultad. Yo mantuve, con seriedad y vehemencia, que Cervantes quiso escribir, en realidad, un libro de caballeros andantes, en serio, con todas sus señas de identidad, pero que, ante su incapacidad, prefirió parodiarlos. Ahora, con el tiempo, recupero otros escritores que quisieron hacer justo lo contrario porque eran incapaces. Creo que Proust escribió En busca del tiempo perdido porque jamás saboreó una magdalena. En ese caso, la literatura es una papila que segrega incesantemente una sustancia. Proust la transformó en literatura.

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El 30 de agosto de 1942, Cesare Pavese dejó escrito en El oficio de vivir: “Amor es deseo de conocimiento”. Estas palabras aleccionan sobre el continuo discurrir de uno en el otro. El curso de una vida puede explorar, por sí misma, los límites de su individualidad. El amor ensancha, todavía más, esa exploración: la conduce al otro, en donde somos más yo que nunca. Recuerdo a Juan Goytisolo asertando sobre las otras realidades que nos configuran. Siempre acudía a una idea que vertebraba su tesis: no terminamos de ser nosotros mismos sin los otros”. Estas divagaciones me traen a la memoria a Octavio Paz, Piedra de sol. El poema no cesa de interpelar al lector en la creencia de que parte de nuestra existencia está en los ojos, las palabras, los pasos o la concepción de los demás sobre nosotros. Ahora bien, el amor es la única vía en que podemos acercarnos a la sincera existencia de uno en el otro. Ya sobre la mesa, preparado, san Juan de la Cruz.