miércoles, 26 de agosto de 2009

Con Dante y Rafael en Italia.


Oscuro, precipitado por la confusión, solos en medio de la nada. Esa condición, aun cargada de cualquier moral antigua, es la perfecta analogía del hombre en todo tiempo. La desaparición de hombre a través de los rasgos de la humanidad. Si Kafka utilizó el paradigma de un castillo, si Borges vio en Piranesi una arteria de la condición humana, si Cervantes instaló en la ficción el territorio de la mancha, si Shakespeare congregó todas las vertientes del hombre en la literatura, Dante ofrece una exploración antigua sobre un asunto nuevo.
Puede decirse que Dante relata una aventura, una odisea medieval arraigada al espíritu.
Recuerda Bloom en Genios que Benedetto Croce dividía en dos las formas de leer a Dante: la moral o la genial. Obviamente, él prefería la genial. Croce viene a decirnos que Dante fue el hombre de su tiempo que buscó con más ahínco conocer todo lo cognoscible y esa extravagancia de los hombres es una tendencia de los genios.
En todas las ciudades que he visitado en Italia hay una plaza Dante: perpetua, como una comedia humana. Una estatua, recuerdos lapidados de su paso por distintas ciudades en las que estuvo residiendo, exiliado; alguna que otra Via conmemorativa, versos enroscados en la pulcritud del mármol. Con todo, al volver a deslizar mis manos por los lomos de los libros, rescaté la Divina Comedia. Aquí leyendo la Divina Comedia Italia se me hecho de ficción así como los recuerdos que florecen sobre sus imágenes.
En el Vaticano, en la Stanza de la signatura de Rafael. Destaco la testa de Dante en el cuadro El Parnaso. Por lo menudo, deberíamos señalar la mandíbula prominente y la nariz rotunda del florentino. Está coronado y su cuello sostiene el rictus de un poeta que ha descendido hasta los círculos de la literatura. Sigue a Virgilio en señal de fidelidad a los clásicos de la antigüedad. Su gesto es una concesión de un hombre de su tiempo a la tradición más venerable.
Quiso Rafael que Apolo maneje en la escena una lira de braccio, lo que supone un elemento que pertenece a otro tiempo llevado a las manos del dios. Un anacronismo. Con esta juego histórico, abre la posibilidad de introducir, junto a los poetas antiguos, los modernos maestros de las letras. Entre ellos, por supuesto, Dante. Apolo rodeado de las nueve musas. Dante, Homero y Virgilio flanquean al dios de la poesía. Virgilio parece conducir a Dante a la fuente simbólica de la que brota la clara emanación de la verdad. Entre ellos, Homero: un clarividente anciano que tantea con su mano derecha los confines del hombre.
Virgilio quiere conducir a Dante al manantial, pero su rictus es de sospecha. Su cuerpo hierático, las manos recogidas delante del torso, el laurel que lo corona es una tragedia, el rojo de su túnica, los pasos de la pérdida. El semblante de austeridad que suscita su ingravidez. Su mirada parece una sentencia del purgatorio.
El cuadro parece la corriente infinita de la poesía y el conocimiento. Un parnaso que circula en los brazos de Safo, que descansa al final de la escena, casi invadiendo el espacio del espectador. Música, naturaleza, poesía.

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Siempre he pensado que, como Cortázar entendía la literatura, el escritor no hace más que jugar, jugar en el lato sentido del término y de sus consecuencias. Por ese motivo, cuando paseábamos por Venecia, sobre todo por los campi, rodeados por unos carteles que anunciaban la celebración de una especie de congreso o simposio que versaba sobre el arte. Su lema no dejó de suscitar en nuestras charlas todo tipo de insinuaciones. M. llegó a decir que se trataba de una broma de propia de los serios artistas del arte para que los viandantes dejarán aparcadas sus reservas veraniegas a las aguas frescas de la literatura. Il gioco serio dell´Arte, rezaba con solemnidad. Seriedad y juego n son más que el haz y el nevés de la misma creación. Cervantes supo de esta cualidad al final de sus días. Y Joyce vislumbró el serio juego en Trieste. Un lector no es más que un dado en la partida.
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Al llegar al café San Marcos, inflado por las páginas de Microcosmos, de Claudio Magris, bajo la calima de agosto y la bora azotando mis nalgas, solo pude comprobar que estaba cerrada, chiusa per ferie.