domingo, 2 de agosto de 2009

La poesía, ramaje del olvido.

El discurso de la memoria no basta para desmembrar los recuerdos. La ficción es un mecanismo autosuficiente, tanto que invalida los límites entre realidad y ficción. De un tiempo a esta parte, no hago más que distribuir mis energías entre el amarre a la realidad y el impulso a la desaparición que, en puridad, consiste en convertirse en personaje de ficción.
No creo que el grado cero de la escritura consista simplemente en hacer desaparecer al autor y dejar que el texto sea por completo. Más bien considero que el autor debe aparecer y desaparecer en el texto, hacer como el que escribe y dejar de escribir al público cuando de verdad trenza su obra. Debe ser su figura como una presencia fantasmal; como el padre de Hamlet, conviene que parezca que algo se nos ha aparecido y nos ha dado la anatomía de una realidad desconocida. Sólo el escritor entiende que debe escribir esa realidad, aunque sea inexistente, aunque todo parta de la imginación.
***

¿Qué innombrada verdad dejará de ser dicha
cuando los hombres mueran?
¿Cómo será el sonido
de la palabra última
sobre la tierra?
¿Qué sentencia, qué olvido
vendrán en esa música
cautiva,
en el canto rodado de una luz
que en sus senos trasluce una danza;
la danza de la vida
sobre la muerte,
el decir transparente de lo oculto,
el sonar mismo de los pasos
como una fuente que se agota,
la cadencia de un hombre inhabitado
por la virtud de la poesía?



***

Sanlúcar dejó de ser, desde hace mucho tiempo, un lugar de partida, para convertirse en un territorio de la llegada. A esos espacios hay que dejarlos respirar, que recuperen las virtudes que robaremos con nuestra presencia. Decía Cernuda que las ciudades, pasado un tiempo, dejan de decir la realidad, se agotan y que, entonces, conviene marcharse de ellas para recuperarlas con el paso del tiempo.
Con Sanlúcar sucede ese mutismo con frecuencia, aunque cuando la naturaleza se conjura sobre su piel, nada más sublime ni más olímpico. Ayer mismo, intentando pensar en la secuencia de mi infancia, sumando los olvidos, vertiendo los acuíferos del sol batiendo sobre el coto, no pude más que escribir. Es la escritura la respuesta sincera que puedo lanzar a ese periplo estanco de mi vida, a ese espacioso meandro de mis pasos.
***

“La memoria es ya un rastro sobre el mar”
J.M. Caballero Bonald
Tan firme como un trazo imaginario
así te inventan mis recuerdos:
volcada toda en la impostura
de un horizonte paramero,
de un mirar de marismas coaguladas.
Pusiste límites al hospicio
de un niño sin fisuras ni lamentos,
detuviste al mismo océano en sus manos,
infantes ramajes de esqueleto.
Y lo dotaste de absoluto fingimiento marino.
Todo pasa. Otra banda
en su lengua te tornaste
y tus orillas, tu piel negra,
la inalterable argónida
hecha de verbo y ramajes.

Un ave sobrevuela el firmamento.
Las branquias de un poema me respiran.