jueves, 3 de diciembre de 2009

Anchura de cementerio.

Dedica Gutiérrez Solana unas páginas a los cementerios de París en París (La Veleta) y las leo en este tiempo en que el invierno comienza a arrojar su lengua de medusas secas.
Los cementerios en París son, como en ningún otro lugar, una continuación de la ciudad. Puede uno adentrarse en ellos como una longeva calle que devuelve, al asfalto de los mortales, la piedra de la ceremonia de estar vivos; o como una piel de serpiente intrincada que curvea en los meandros de la tarde. En estos lugares no se siente uno provocado al abandono, antes al contrario, se despierta una sensación perdurable de bienestar, de satisfacción efervescente que confirma la cercanía entre la ultratumba y la mecedora de los días. Ese es precisamente el argumento de Gutiérrez Solana: puede uno pasear por un cementerio de París como si estuviera muerto.
E imaginar que brinda con don Julio a pesar del frío mortecino y rendir homenaje de puma al poeta Vallejo o proclamar el mal en las flores delante de Baudelaire o, siquiera, buscar el tiempo perdido en las lápidas con Proust. Una lápida es una melodía sin sonido, grabado amanuense del silencio.

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Estaba allí, postrado, con las manos recogiendo su cara. El rictus era de perspectiva cubista. Escuchaba a su alrededor la proliferación de naderías que invaden de continuo el diario. Era un huido en ese habitáculo, un desperdicio obligado a contener la sonrisa, el buen trato, las palabras adecuadas.
Aquel hombre dejó caer su mirada como el rayo de un dios malherido. Su porte, antaño de demiurgo desaliñado, se conformaba con sostener su cuerpo. Un cuerpo abatido por la mediocridad, la irrazonable percusión de las vidas huecas que danzaban sin concierto. Deseaba escribir, leer. Por ese orden. Al cabo de poco tiempo, le vi el rostro, frente a frente. Nunca entendí por qué mis ojos habitaban la nada. No supe reconocerme, pero observo en esa circunstancia una virtud.

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La estética ha presumido de prostíbulo. En ella, en sus pubis, se han perpetrado teorías imnumerables. Algo hay de esa materia que quiere decir la sustancia del arte, que quiere medir las intenciones geniales de los artistas. La estética, bien entendida, ha sido un ejercicio de aprehensión de las formas y en eso sí desprendo mi entusiasmo, en la forma artística.
Por otra parte, cada vez veo con más evidencia que un creador se nutre de otras disciplinas y que con ellas, con sus trenzadas realidades, la literatura se enriquece y agranda, como un mundo ancho y ajeno. Borges, en Siete Noches: “Ya el hecho de que haya una palabra que diga silencio es una creación estética”. ¿De qué se fortalece este insomnio que me abriga, cómo se resuelve la forma de la vida?