martes, 1 de diciembre de 2009

Troppo vero.

En todo este trasiego he aprendido que la quietud es la manera orgánica de estar de los objetos. Ellos, perpetrados en silencio, mantienen la luz de los que observan; ellos, tan desdichados y huérfanos, sostienen el incienso del vacío.
Esta tarde me he visto coagulado. Como un intervalo musical, el tiempo ha ido saltando las escalonadas vertientes del diario. Estas páginas llegan mudas. Taciturnas. Letras que apaciguan el comportamiento de un hombre. Su brote palideció de otoño.
He vuelto a tantear entre mis manos los libros que pertenecieron a otro tiempo. En ellos se cifra la ausencia de mis recuerdos. He mirado, justamente he volcado con ahínco sobre el espacio, como si todo fuera una ficción de la pintura, mis vuelos imaginarios que amarillean de esperanza. He querido asediar los ángulos de esta casa como un loco que recita sus verdades al viento, como un pájaro que reposa, -tierna carne, pluma pequeña-, sobre los dedos de la nada. En ellos habito, como piedra sustraída de la ficción, como página extraviada de una novela.

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Son como anzuelos, estos libros de hoy. Troppo vero (Pre-textos), de Andrés Trapiello; Un pintor de hoy (Alfaguara), de Berger; Mi vida (Siruela), de G. Casanova y Ante la pintura (Siruela), de R. Walser. Todos estos volúmenes devienen de mis ansias por retornar al tirmo de entonces, que fue minando mi escritura diaria.
Después de un tiempo sin escribir, el compromiso parece un canto de tierra desnuda, un golpe de hoz en la tibia vida. Ahora que tengo los libros sobre la mesa y que escribo después de mudar la piel, veo que el de Berger y el de Walser comparten la materia que une e hilvana la ficción. Por otro lado, los libros de Casanova y Trapiello pertenecen a ese género ensimismado de la narración de un yo; desvelados por mundo, transubstanciados por la literatura. Sin caer en la cuenta, he comprado libros complementarios, que articulan una secuencia inapelable de la vida. La vida, un pintor, troppo vero.
Durante el viaje de vuelta en autobús, leo algunas páginas de Trapiello. Una señora me observa como si estuviera sosteniendo en las manos un objeto maléfico, que proclamara la maldición del acontecer. La señora se despista, pero me quedo con ganas de explicarle, señora, quí brota la vida, aquí surge lo cierto, lo inaudito, lo que palpita tras de todo acto humano.
Sigo, sin embargo, pensando que esta obra en marcha está siendo infravalorada entre los críticos de turno y las empresas del mundo cultural. La prosa, la cadencia sintáctica, el fervor de algunos pasajes son rarísimas presencias en esta literatura nuestra de nocillas e inventos que no terminan en nada que no se haya escrito antes y mejor. Sin embargo, esta obra de Trapiello es singular en las letras españolas, obra de orfebrería artesanal. Son de otra harina estas páginas. Hay aquí un escritor proteico, que concierta resonancias clásicas con aspiraciones renovadoras; que desgrana por las páginas muestras sobresalientes de todo tipo de decir en literatura.
Como un putno de fuga, todo arranca de un acontecimiento que ha pasado como verídico en la historia del imaginario colectivo: Carlos V se había prosternado ante Tiziano para recoger del suelo el pincel que se le había caído al pintor.

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Todo inicio es una argucia de la vida. Como un pincel que arranca sobre un lienzo, uno contiene la trayectoria de un recuerdo. Laberinto sediento, estación de bemoles iracundos. He sopesado el peso de la tarde y los verbos han dictado su sentencia. Subordinado, respondo al ternario acontecimiento que nos sucede como un anillo solitario, tan solitario como una vicaria sensación de eternidad.