jueves, 26 de noviembre de 2009

Mudo por danza.

Hoy he visto nuestros libros empaquetados y el mundo ha sido otro. La mudanza propone una situación de liminaridad: ahora mi casa, en la que he vivido y he escrito los últimos meses, no contiene ni un solo libro. Por otro lado, mi casa, la futura estancia de los días, está colmada de paquetes que encierran una biblioteca. Aquí, sentado, sin poder hojear ninguno de los volúmenes que a menudo subrayo y releo para poder escribir con acierto; aquí, donde la ausencia es un grado de la embriaguez; aquí, donde la literatura ya he desaparecido totalmente, donde sólo soy una proyección inadecuada en un espacio que ya no me pertenece más allá de la memoria.
Quizás estas sean las pocas palabras que me queden por escribir en este habitáculo. Amor, encantamiento, mágico desgarro del amanecer. Un día decidimos no pertenecer a nada, para que nada luego nos rindiera cuentas. Nos sobraba con la vida y nos bastaba con la literatura. En esta mudanza he pensado en todas esas horas que hemos dedicado a leer, escribir, buscar libros de viejo por aquellas librerías en Sevilla, Madrid o Salamanca. De todo aquello, sólo nos vale un recuerdo que, como una naturaleza muerta de Morandi, recupera el infinito con la sustancia de una línea sobre otra, de una línea sobre otra.

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Después de tantas horas devolviendo en otro espacio el orden perdido de los objetos que nos rodean, después de entregar mis fuerzas y terminar exhaustos, pienso en Paul Valéry. El escritor francés se levantaba todos los días a las cuatro de la mañana. Lo primero que hacía era escribir, edificar sus Cahiers. En ellos escribía sobre los más diversos temas. Aunque no sólo ejercitaba la literatura, solía dibujar con mucha frecuencia. Sus dibujos, en muchos casos, son excelentes. Valéry no tenía conciencia de estar escribiendo un libro. Afirmaba que “hacía su mente”. Cuánto me agrada esa afirmación, porque la escritura es un ejercicio con el que, en cualquier caso, uno ejercita la mente, desarrolla la musculatura de la ficción.
Decía el poeta Chileno Vicente Huidobro, -a quien leí enfervorizado cuando me hacía homo ludens del verso-, que la poesía es un desafío a la razón. Hoy pienso que la razón produce a la poesía, porque la razón, sometida al juicio del verso, siempre es un desafío.