domingo, 1 de noviembre de 2009

San Sebastián y el río de sombra.


Aquí, en San Petersburgo, en el Museo del Ermitage, observo un cuadro. Como el personaje de Thomas Berhnard en Maestros Antiguos, me he situado todos los días en el mismo ángulo, en la misa posición. No recurro a las interpretaciones académicas al uso, ni a las elucubraciones de los especialistas en pintura, ni siquiera reparo en el autor, en sus profundas genialidades. Sólo observo y enmudezco por el silencio de las estatuas.
San Sebastián soportando tres flechas con el estoicismo más crudo, en primer plano. Otras dos están clavadas en el brazo izquierdo, en el tríceps. Justo desde ese lado, el cuadro se abre a una luz enturbiada, que se oscurece cada vez más a medida que observamos el cuadro hacia su lado derecho. En ese lado, junto al pie derecho del mártir, hay un perro o un cordero con la boca semiabierta. Eso imagino a pesra de no estar seguro, pero quiero imaginar eso, un perro, un cordero.
En este óleo, la naturaleza se desvirtúa gracias a la pincelada larga y extensa, cargada de oscuridad y escasa policromía. Sus manos atadas al tronco del árbol, que se intuye detrás de su cuerpo, son unas manos que sostienen una corona. Su pecho se muestra impoluto presto a la saeta del verdugo. Sólo su rodilla izquierda, ligeramente flexionada, muestra un ápice de debilidad. Ni siquiera la mirada que lanza a los cielos, una mirada que encierra un enigma, parece estar intranquila por la afrenta que tendrá que soportar.
El cuadro se encontró en el estudio del pintor en 1576, pero su percepción de la realidad y la plasmación del autor son, evidentemente, de una modernidad sobresaliente. Creo que Tiziano logró percibir el mundo tal y como sería con Goya o con Turner o con el propio Picasso. Sea cual sea la correspondencia, recordé el poema de Luis Cernuda sobre otro cuadro del pintor, pero también los versos de Antonio Colinas: “He visto arder tus oros en los otoños de Murano […]”.
El oro ardiendo en el mar, vistos desde el mar de Murano. Por eso parece que se funden en el fondo del cuadro el mar y las llamas de una vida, la fuerza de la fe frente a la incontenible muerte. En primer plano los atributos masculinos. En perspectiva, la naturaleza conjugando sus estaciones totales. Todo símbolo: un cuerpo que apaneas vale nada, porque ya no siente, porque ya forma parte del simbólico engranaje de la idea.

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Algo parecido sucede con los relatos de Onetti. Si algo consigue Vargas Llosa al escribir sobre Onetti es que uno acuda de inmediato a los libros del uruguayo. He querido leer algunos relatos agrupados en sus Cuentos completos (Algafuara). He leído “Un sueño realizado”, “Bienvenido, Bob” y “El infierno tan temido”. En los tres sucede lo mismo que en cuadro de Tiziano: las realidades se superponen gracias al talento del artista. Tiziano a través del uso del color y del pincel; Onetti, despojando de toda banalidad la literatura.
La escritura de Onetti es una sucesión literaria que jamás concede una línea al verbo sin concepto. Es decir, Onetti traza en estos tres relatos la superposición del mundo objetivo, el mundo ficcional y el mundo que ficcionan sus personajes. En esos niveles, la literatura es un sueño realizado.

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La poesía es mudanza en la quietud. La poesía es la quietud mudada.

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Cuánto daría porque mis palabras fueran una música indeclinable que sonara como una sentencia antigua. Cuánto daría por escribir un verso que acumulara la vida toda, como lo hace un pentagrama que desaparece sin ser noatado. Monte silencioso, accidente de la nada que irrumpe desgajando los amarres con los sentidos, con los confabuladores de la realidad.