martes, 24 de noviembre de 2009

Aciago canto.

Un día aciago. Como otras jornadas de esta semana, el día amanece con la boca repleta de cieno. Niebla, malestar de los pájaros que prestan su vuelo al color del otoño.
Esta ausencia de escritura y de lecturas acentúa aún más mi ajenidad sobre el mundo.
Ego scriptor. Esta esterilidad literaria es terrible. Casi no siento el óleo en la faringe. Como Cernuda, carta de naipe perdida; como Bécquer, la nota de un laúd.
Dice Paul Valéry: “La vida es lo ajeno en el pensamiento”. Como lugar de privilegio, las palabras no suenan en el pensamiento. Fueron mudas las genialidades en la cabeza de Cervantes. Acaso una nota musical sostenida contenga todas las posibles sucesiones de difuntos que es el hombre.
Hay que buscar, buscar incesamente, prender de la madera húmeda los ciclos sintácticos del pensamiento. Piensa. Murmura bajo el velo de la vigilia. Eres mortal, no lo olvides, sucesión, incandescencia derramada, fortuita estancia encarnada. Mas tu palabra es eterna, entrégala limpia y desnuda. Ella sabrá decir lo que tú no dijiste, ella sabrá colmar tu existencia más allá de ti y de cualquiera.