miércoles, 18 de noviembre de 2009

Textos sin título.

Textos sin título que surgen como zancos de la imaginación; restos de palabras que sobreviven con la gracia de los árboles caídos; despojos, retales de verbos que sostienen la mirada a pesar del azul de esta piedra que permite leer la encarnadura de mi epitafio. Textos sin título como un acorde que brota sin descanso, desde donde la palabra tañe las melodías del infinito. Textos, palabras que rezuman la sedienta manía de escribir la vida, la vida despojada de ese otro que certifica mi existencia, de ese otro que toma un nombre y lo estampa como si su presencia valiera más que esta ficción que lo recuerda. Ese otro que habla por mi boca a pesar de las imprudencias del tiempo, de sus desmanes y caprichos, a pesar de mí mismo que soy quien le escribe y le recuerda que aún sigue vivio a pesar de sus vicios y obligaciones.
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M. me cuenta emocionada las travesuras ficcionales que perpetró Calvino para escribir El vizconde demediado. Me lo dice con la mirada cargada de asombro y admiración. Junto a sus palabras asoma una emoción primitiva que, pienso, proviene de la nueva lengua que está aprendiendo. La cadencia, la sintaxis, acaso los vocablos del italiano con esa reminiscencia románica hacen que su lectura sume el prodigio de la adquisición de una nueva lengua.
Por este y otros motivos, esta mañana he comprado la edición revisada en Cátedra de Cantos, de Leopardi, en edición bilingüe a cargo de María de la Nieves Muñiz Muñiz. La edición es una perla filológica, ya que incluye un estudio de las variantes, redes de concordancias y otros trabajos de ecdótica tan necesarios y fundamentales para la lectura plena de estos poemas.
Ahora sé que, con este libro, no sólo estoy mostrando una predilección por un poeta que me interesa compartir, sino la entrega de una lengua escrita por un poeta magistral. Por eso, lo primero que le he pedido a M. es que me recite, en italiano, los versos de El Infinito. Tan dulce naufrago en este mar con el sonido puesto en esta mujer, que presiento por momentos los sobrehumanos silencios y las hondísimas quietudes.

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Hay que gente que comparte con uno sus inquietudes, que ha vivido tan cerca y con tanta similitud lo que ofrece la vida que, a pesar de haber llevado vidas paralelas, que pertenecen a otros años, parecen de la misma procedencia. Es la sensibilidad, la ocupación del arte por la vida, la silenciosa manía de leer, las variantes de la solidaria comprensión de las enseñanzas que otros pueden arrojarte, lo que hace que comparta con algunos compañeros lo que Zweig llamaría los momentos estelares de la vida.
Esta mañana, a pesar de estar en el trabajo y con la cabeza ocupada de responsabilidades hueras, el diálogo con un compañero ha dado lo que Bécquer nombró como la luz de la aurora en la noche oscura del alma. Las apreciaciones sobre pintura, la visión onírica y melancólica de la realidad, las aspiraciones literarias y desconcertantes, nuestras semblanzas lanzadas al aire sin registro ni orden, tan solo aspirando a la complacencia mutua, justifican la mañana.
Hay gente que comparte con uno sus inquietudes y parecen haber surgido del lugar que siempre habías habitado con tus palabras. De ahí procede con la extensión de un lienzo en blanco, mostrando que desde la finitud de las palabras es posible la edificación del infinito imaginado.

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Mañana voy a leerles a mis alumnos un fragmento de Las cosas del campo, de Muñoz Rojas. Ese pasaje destinado a describir la proteica fuerza de las encinas floreciendo: “Cuando florecen las encinas, decía, hay que temblar. Se anuda la delicia en la garganta”.
Lo haré para mostrarles el campo, una realidad que ha desaparecido siquiera de los alrededores del hombre. De esta circunstancia he escrito mis últimos poemas y más de una prosa destinada a rememorar las virtudes de la naturaleza. Su ausencia ha sido una desgracia para el arte, una caída insoslayable de un territorio que aún tenía posibilidades de ser dicho. Ha quedado, la naturaleza, como agua estancada, agua de lluvia mortecina que parece antigua aun siendo el estado en que mejor se dice y conoce al hombre. No hay ni un solo escritor que haya dejado algo decente para la posteridad que no haya mantenido una relación con la naturaleza. Su ausencia es prolcama de este incandescente verbo.

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Lo más parecido a la invisibilidad, cualidad a la que aspiro, es el folio en blanco, el lienzo en blanco.