lunes, 2 de noviembre de 2009

Sigo estando aquí.

Todos los días, al llegar este momento (en que escribo sin continencia ni dirección prefijada, sin la más mínima trazada de escritura, sólo dejando el discurrir susurrante de la sintaxis, como el vuelo esquivo y caprichoso de un pájaro que rodea la auroral luz del día) me invento a mí mismo.
Me invento a mí mismo porque pienso que si no fuera de esa manera, jamás escribiría una línea. Esta existencia paralela, que me hace posible escribir, esta vida imaginaria, es la culpable de que no sea un bartleby confeso. Lo imagino, al que existe por mí, escribiendo estas líneas, visitando por Europa las ciudades de las novelas o los escritores que lee; lo imagino, pensando en un poema que tan alejado está de la época en que vive; lo sueño anhelante de deseos, como una reivindicación del tiempo antiguo.
En él se concentran todas las pretensiones vitales que me hacen y me levantan a diario. Es una proyección, casi un concepto irradiado desde mi demencial torpeza. Aunque visto a la inversa, esta presencia mía tan evanescente y subordinada es el resultado de una entelequia. A lo mejor soy yo el personaje soñado, el que obedece a las órdenes verbales en esta ciudad de ruinas circulares, aquí, donde digo vivir, vivir, y nadie me contesta.

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Compruebo que soy incapaz de escribir sin un libro por delante. Soy incapaz de escribir nada sin haber leído, sin haber subrayado. Esa torpeza imaginativa, esa carencia fantasiosa es un elemento determinante que, en ocasiones, me atosiga. No estoy preparado para vivir sin libros. Eso sería lo más parecido a un infierno, vivir sin libros, sin la presencia de los libros.
Cuando imagino, en ocasiones, que la biblioteca desaparece y que nuestro habitáculo quedaría desnudo, sin el paisaje de los lomos asomando por los bordes de las baldas, una ira incontenible me recorre el cuerpo. La sola presencia de los libros es un elemento de la lectura.
Siempre he dicho que, escribir o leer no es sólo el acto de sostener un libro o percuitr en un teclado o escribir con un bolígrafo sobre un papel. Siempre he dicho, repito, que escribir o leer es imaginar la escritura y la lectura. Mientras se vive, mientras se recuerda la lectura se está leyendo a pesar de la vida.

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Creo que el mayor inconveniente para un lector y un escritor es la vida misma. Hasta que uno no descifra cuál es la relación con ella, la intrincada y vigorosa relación, no puede empezar a leer para escribir o a la inversa. En este aspecto, la filosofía es la sustancia que aporta los senderos necesarios para llegar a entenderla o, como es norma, intuir qué es la vida. Con la filosofía, el poeta se carga de luces, de fuegos, de visiones que se transmutan en abstractas secuencias para fundirse con el redor. Machado con Bergson, J.R.Jiménez con Swedenborg o Goethe, Rilke con Heidegger; Borges con Shopennhauer. Estas parejas deberían ser editadas en el mismo volumen, ya que están nombrando el mismo concepto. Unos buscan la verdad inalcanzable; otros, la belleza inalcanzable. Todos, el rumor oculto que nos hace humanos, demasiado humanos.