domingo, 22 de noviembre de 2009


Ver de modo que las palabras lleguen antes que la visión. Escribir como mira un niño: desnudando las palabras, trenzando el desierto con un martillo. Dejar en claro que, el desajuste entre la visión y el conocimiento es una incapacidad del hombre y, al mismo tiempo, una caracter´sitcas connatural. El arte, cuando es malentendido, es desconocimiento, palabra muda. Cuando el receptor se posiciona desde su limitación, es especular semblanza de la ignorancia a la que estamos sometidos de continuo.

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M. me trae de la librería Modos de ver, de John Berger. En la portada del libro, -colmado de erratas, por otro lado-, aparece un cuadro de Magritte, La clave de los sueños. Después de todo, lo que sabemos, el conocimiento, afecta a la visión. Y, evidentemente, lo visible puede permanecer oculto o bien puede terminar por formar parte de nuestro medio entendimiento. En este último caso, cuando la pintura es aprehendida, surge la flexible mirada sobre la realidad.
En todo esta circunstancia, la poesía es el rumor oculto, es el curso pausado y transparente de las aguas que sostienen la visión, los modos de ver. La poesía es ese discurso que permanece a la luz ,pero que es difícil esclarecer conjuntamente. Juan Ramón Jiménez supo escribirlo desde Diario de poeta recién casado. Hay en la transparencia un deseo de inocuidad. Así como mi carne, mi presencia toda, aspira a convertirse en adagio de la invisibilidad.

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De regalo, me dijo. M. me presentó el volumen de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos. Los dos, M. y yo, nos quedamos sorprendido por la edición pegada del libro. Un mamotreto de mil páginas pegado es indicio de que la edición española está en declive absoluto.
Hojeo el libro y leo sus primeras palabras. La prosa de Muñoz Molina siempre me resultó agrícola, de un trabajo artesanal encomiable. Cuando veo que el libro tiene demasiadas páginas como para leerlo en un fin de semana, lo dejo sobre la mesa. Ya M. estaba sonriendo. Le dije: Una noche de los tiempos es lo que necesito para leer lo que deseo.
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Las mudanzas llevan a otros modos de ver. Hoy, por ejemplo, he tenido un libro de Kafka entre las manos. Es una edición barata, con páginas amarillentas por las caries del tiempo. Luego, agarré un monográfico de Tiziano que, indudablemente, está editado con la exquisitez adecuada. Pero, de pronto, me paré a pensar en la relación que hay entre el aspecto de un libro, su peso, su cambio de color con el tiempo, y su estancia en la memoria. Hay lecturas que persisten incluyendo la edición. Otras, sin embargo, perduran en la memoria desentendidas de su forma libresca. ¿Qué sucede entre un libro y su edición?
Las mudanzas, como la que estoy realizando desde hace dos semanas, son disonancias del microcosmos que nos rodea a diario. El amontonamiento y el desorden indican que nuestra vida está arraigada a una armonía que habita en nosotros. Cuando se trastoca, como esta mañana, surge la extrañeza. Pero también la extrañeza es un modo de ver el mundo.