domingo, 8 de noviembre de 2009

Nocturno en azul y plata.


Hay días recorridos por la muerte, como si la ausencia de vida lo alborotara todo con sus hierbas y plantas marchitas, con ramajes que dificultan el discurrir de la contemplación, la lectura y la creación. Contra esos días edifico mi palabra. Como Octavio Paz, contra el bullicio del discurrir de la nada, levanto mi palabra. Palabra que me hace y estimula, que transforma y otorga permanencia.
Hay días en que uno no pertenece a ningún ciclo vital, en que sólo queda justificada la vida en los percucientes latidos, en la resurrección momentánea que anuncia nuestra sangre. Sangre somos que surge de la tierra. En ella proferimos nuestro canto mineral; tierra somos, sangre contenemos, de roja melancolía. Los que no necesitan más que ver el paso del tiempo embutido en acciones sin vocación de plenitud, los que estiman oportuno dejar de lado la vida y darle espacio a la vacuidad, jamás verán la claridad de la noche. La vida produce servidumbre.

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Así me observo esta madrugada, como esas presencias en Nocturno en azul y plata. La Laguna, Venecia, de James Abbott McNeill, como esos trazos negros que imaginamos como gondoleros atravesando la laguna. Un gondolero atravesando por la noche la laguna es una mteáfora de la fecundación. La noche en Venecia es una tragedia de sal. Unos puntos de luz parece que se reflejan en las aguas serenas y quietas de la piedra. La luz en la piedra es un rosario de la esperanza.
La torre de la plaza se alza como la erupción de una nube negra que acumula la belleza de las tardes muertas. Un remo perdido flota por un canal. Hubo alguien que contempló la belleza.

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En ocasiones, la sintaxis es un envirotado aspecto de la realidad y se hace rígida y tremebunda. En esas ocasiones, desligo la sintaxis del orden en que se establece la secuencia de los objetos. Algo parecido hicieron los pintores hace siglos: dejar que la sintaxis, el orden natural de la realidad, se someta al orden subjetivo de la visión subjetiva.
Cuando uno logra engarzar el orden mental en que piensa la realidad y la forma más adecuada para expresarla, se produce un acontecimiento de estancias eternas: comienza a brotar el arte. Cuando esto sucede, todo lo demás queda minusvalorado para el creador, todo lo demás se relega a cuestiones secundarias, que no merecen siquiera ser mencionadas.
La genialidad consiste en que alguien, en algún momento, contenga, a través de la inteligencia y la sensibilidad, al menos, una sensación parecida a la del creador. Cuando eso sucede, la obra se hace independiente y ya no pertenece a ningún hombre concreto. La muerte es dadora del tiempo de la ficción: todos los muertos pertenecen a la dimensión del no-tiempo. Y el artista debe aspirar a trabajar en esa perspectiva del no-tiempo.
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Ante lo más preclaro, ante las formas más cristalinas de la poesía, sólo somos capaces de atisbar una sugerencia, de interpretar un símbolo de entre otros tantos. La poesía ha ido ocupandoel espacio de las utopías, porque para nombrar la experiencia del diario existen demasiadas palabras imprecisas. Ese ocultamiento es el decir de la poesía.
En ese espacio del imaginario del poeta, las relaciones pertenecen a otro orden y concierto de la objetividad. Es allí, donde el ser es palabra, no donde persigue la palabra exacta, donde persigue el verbo más ajustado a la realidad nombrada. Allí, digo, donde la triada (realidad, palabra, poeta) es uno y un todo. Por este motivo o motivado por algo parecido a esta reflexión, Paul Valéry sintetizó, con mucha más fortuna, esta irracional disposición de la literatura: “Hay certidumbres inexplicables”.