martes, 10 de noviembre de 2009

Un hombre que duerme solo.

Los libros siempre son especulares, deben leerse como un símbolo cifrado. Por ello siempre intento leerlos de manera contraria. Hoy, por ejemplo, leo a Perec: “Apenas cierro los ojos, la aventura del sueño comienza”. Ese hombre que duerme y que permanece en al ángulo muerto de la vida para contemplarla como un odisea disecada, en realidad, acaba de abrir los ojos.
Apenas abro los ojos, la aventura del sueño comienza. Apenas brotan mis pensamientos en la mañana, la vida se torna un sueño nítido, con personas, espacios, tiempos que perecen tan solo con ser avisados. Decía Pessoa que su vida era un sueño incandescente. Esa incandescencia es la que recorre al hombre que duerme de Perec, al hombre recluido de su especie, de las costumbres que le fagocita sus miembros. Porque rendirse a la sociedad es dar las ideas por difuntas. No puede crearse en el bullicio, no podemos hacer uso de la incandescencia que da la literatura en la amorfa manía de los hombres por repetir su vida, sus miserias, acaso sus virtudes.
Nunca la creación conoció la solidaridad; es fruto eterno de una mente perecedera.

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Esta imagen fue tomada en Duino, cerca de Trieste. El caso es que aparecía M. sonriendo y acabo de comprobar que su desaparición no ha sido más que un artificio de la poesía. M. se mostraba feliz por aquella caminata. Llevaba las Elegías en la mano y , a cada paso, leía en voz alta algunos versos subrayados. Ya su voz pertenece al orden y al concierto de aquel sendero enigmático. Ya su voz es la tierra, las piedras, las ideas que recorren sus ángulos.
Es el sendero por el que paseaba Rilke. Esa tierra, las piedras que almendran el terruño, fueron transitadas por el poeta. Cuando caminábamos, ante la intransigencia del calor sofocante, no dejábamos de recitar sus versos. En alguna ocasión, el abismo era el sendero.


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La imagen del pianista que ensaya sin tocar las teclas del piano, ese es el poeta pensante. El pianista rozando con los dedos la gracia del sonido, la invisible sombra que proyecta la música toda, es el poeta soliviantado por la fuerza proteica de la palabra, pero sin ser nombrada.


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París me tiene entre sus grietas otra vez. Los paseos por sus jardines, la proclamación del invierno entre sus líticas calles. Aquí, sentado en Saint-Michel- des-Prés, asisto al espectáculo de leer en la boca del mundo. En el Flore, los asistentes saben de las mandíbulas de esta boca que abre y cierra el mundo. Escribir un verso en un café, dejar al viento sus sílabas como una cadencia inesperada de una tarde cualquiera sobre el Sena... Sobre la mesa descansa el volumen de Perec tal y como lo dejé al llegar al Flore. Abro el libro y leo que un señor acaba de cerrar los ojos y que comienza a soñar. Imito la acción, cierro los ojos y sólo escucho el compás de las tertulias. Cuando los abro, observo que alguien ríe al ver mis gestos. Sólo me queda lanzar una carcajada y congraciarme con el mundo. Es Perec, con su pelo revuelto y su perilla cana.