sábado, 14 de noviembre de 2009

No era medianoche. Acaso llovía.


Era 19 de diciembre. No llovía. No era medianoche. Acabábabamos de tomarnos unos cafés en la Rue Moufetard. Allí se me ocurrió escribir este texto antes de que sucediera: un moleskine, las gafas para la lectura, un libro de ficción volcado en una ciudad en la que habitaba por unas semanas acompañado por unos amigos. A la mañana sigueinte me escapé del grupo.
Estaba seguro de que el escritor iría a la misa de diez y media para rendirle su homenaje a Matroianni en la iglesia de Saint- Sulpice. El órgano sonó serenamente con la habilidad del señor Roth.
Cerca de esta iglesia está el número 7 de la Rue Bernard- Palissy, sede de Éditions de Minuit. En ese lugar, junto a una tubería que aún permanece allí, se fotografió el grupo denominado Nouveau Roman francés.
Comprobé cómo el escritor se comportaba como un turista que se realizaba una fotografía en un rincón cualquiera de París. Para colmo se reía a carcajadas.
Ahora que releo El viento ligero en Parma, de Enrique Vila-Matas, estoy deseoso de que llegue el 19 de diciembre para estar allí de nuevo, junto a la tubería en que se fotografió Robet Grillet y, posteriormente, Vila-Matas. Esperaré entonces a la noche, cuando esté lloviendo. Justo en ese momento en que todo es posible y en que la media noche es el bulevar de la lluvia imaginada. Es medianoche. Todavía no llueve.

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Dice Borges que la música no precisa del mundo, al contrario de la palabra. Es tan estrecha la relación del mundo y la palabra que ambas se presuponen. La palabra es dadora de verdad, llega hasta donde se extiende el mundo para el hombre. Podemos decir que el mundo de un hombre consiste en sus palabras.
Es cierto que en este instante, a lo largo del universo, hay realidades que aún no han sido nombradas y que por ello no dejan de existir. En eso hay un acuerdo tácito. Pero también sucede que esas realidades no son cognoscibles para el hombre hasta que no son nombradas. Por tanto, en el seno del mundo se erige la palabra.
Cosa contraria sucede con la música. Ella es independiente del mundo, no lo necesita ni lo presupone para existir y desarrollar sus virtudes estéticas. Dijo Shopenhauer: “La música es una tan inmediata objetivación de la voluntad como el universo”.
Afirmar estas palabras es decir que la música no necesita espacio, que el mundo en la música no es un espacio, menos aún que el hombre ocupa un tiempo en la música. La música es un sucederse continuo y cuando el hombre aprecia esa disposición creativa se siente invisible, infinito, acaso una medianoche bajo la lluvia.

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En los grabados de Piranesi existe esa vocación de ausencia de espacio. Ocurre en la literatura de Kafka, de Joyce y por completo en la de Borges. El escritor argentino escribía siempre como si el espacio en que suceden sus poemas o sus relatos tuvieran todos un origen común que fuera su fin, unas coordenadas imbricadas y establecidas sin orden, acaso por la mente de un demiurgo torpe e insensato. Las palabras de Borges brotan de un aleph que, sin duda, es la negación del espacio. El aleph lo es todo y lo resume todo, pero también es la nada, por incomprensible e inclasificable y por imposible de establecer en un espacio.
Es por este motivo por lo que la pintura mantiene esta relación tan estrecha y tan fructífera desde mi punto de vista. El pintor es un experto del espacio artístico, la pintura es el espacio transformado.
Los grabados de Piranesi, por ejemplo, estipulan algo parecido: un lugar sin habitantes, sólo sombras, ideas que nacen de esa extensión no delimitada. En ocasiones pienso que los ciegos escritores, como Borges, entienden el mundo como una confusión espacial muy cercana a la transparencia.