lunes, 9 de noviembre de 2009

Un hombre que duerme.


Y quiero escribir y hacerme hombre, y quiero decir hasta lo indecible. Hoy, al ver la luz de la aurora bañando las lomas que cercan las marismas del Bajo Guadalquivir, he pensado en la poesía. En voz alta, mientras sonaba una pieza de Albinoni, hablaba al viento tal cual mis retinas certificaban la redondez de la luz en las sombras. Dije, con la cadencia de un solitario, la poesía establece aquellas relaciones con la realidad, a través de la palabra, que ningún mecanismo nos ha hecho posible todavía. En este sentido, la literatura es ese discurso escondido tras la espalda, Javier Marías, del tiempo. La llamamos negra por la incertidumbre de su presencia, pero creo que no hay nada más transparente que la palabra poética. De ella emana la realidad que ensancha el mundo, que otorga nuevos dones al mundo, al hombre, a la espuma que escribo. Hoy quiero escribir, pero me sale espuma, dijo César Vallejo. Hoy la espuma era un recital mudo del amanecer, un compendio concertado con la exactitud. Una espuma quieta, alejada de la fugitiva espuma marítima que aparece con el preciado salitre de su discurso.

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He comprado un libro de Georges Perec que se titula Un hombre que duerme (Impedimenta). Llevo toda la tarde contemplando la ilustración de su portada y la he tomado como una vida, instrucciones de uso. El cuadro se titula Pequeña tienda de curiosidades y se atribuye a Domenico Remps, del XVII.
La inteligencia de un editor ha hecho posible que estos artistas coincidan en el tiempo y en la palabra. Todavía no he comenzado a leer el libro, porque intuyo en el cuadro una cifra inexcusable, un aposento en el que meditar antes de la lectura. Estas mediaciones entre la pintura y la palabra son turbadoras.
La transposición, esa suerte de palimpsesto consentido que tanto estimuló el Barroco, me parece fascinante. Desde esa perspectiva, siempre entendía a Cervantes de la manera que mejor que satisfizo. El Barroco supo concentrar en los artistas una visión sobre la realidad insólita. Una visión que me parece que es la más moderna de las visiones. En ella la realidad se reconcentra hasta tal grado, que los límites para nombarar con la palabra se difuminan. Eso mismo ocurre cuando uno lleva un rato mirando esta creación de Remps, ¿dónde termina la mirada, en qué objeto?
Pensemos, por ejemplo, en el elemento más enigmático de todos. Esa especie de espejo, de lente redondeada, situada arriba del todo y que parece reflejar la habitación que reposa enfrente del mueble. Son tantos los detalles que configuran este cuadro, tantas las palabras que pudieran ser escritas, que un hombre que duerme, que comienza a soñar, debe entender que los sueños son lo más parecido a este mueble al que me refiero: unos estantes con el mundo concentrado.