viernes, 13 de noviembre de 2009

Pablo Neruda definió la figura del poeta cuando escribió aquel verso cristalino: “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta”. Intencionadamente, el pronombre anticipa las expectativas del receptor: el yo creado en el Romanticismo se hizo maduro y contemporáneo. Un yo plural que, con el tiempo, Octavio Paz convirtió en la pluralidad necesaria.
En un ejercicio de ventrílocuo, el poeta ejercita su palabra oral: hablar. A pesar de la letra impresa, del negro sobre blanco, de la fascinación de la lectura silenciosa, la palabra poética edifica la música del verbo. La oralidad, la música y el ritmo como los elementos inmanentes de la poesía. Todo canto mineral es poético, porque la palabra hablada es un ejercicio orgánico.
La boca muerta es del mundo, los dientes carcomidos de la sociedad adocenada, de una sociedad que remeda aquel Madrid difunto de Larra. Vuestra palabra muerta como un nicho en la boca, muerta como un sastre de siglos, muerta, como un sintagma del olvido. Endecasílabo proteico, sintaxis que emana del imperativo, el panteísmo del verso procede de la potencia arquitectónica del Machu Pichu. Piedra y naturaleza, cultura y montaña, alturas de la inocencia decapitada.

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Castilla del Pino, en Teoría de los sentimientos, advierte de que existen momentos inaugurales en que los sentimientos son por vez primera. Esa aparición inesperada, inaudita, hace que la lengua se torne balbuceo, mudo espectador ante el nacimiento. De la misma manera, Castilla del Pino vincula la actuación con el decir. Efectivamente ese es el significado primitivo de logos: creación. Y, exactamente, poeisis, desde su más antiguo étimo, viene a decir creación. Wittgenstein llevó este apareamiento del verbo y de la realidad hasta la extenuación. Quiso hacer del Tractatus un ejercicio de cópula cognitiva: las palabras quieren nombrar a la acción innombrable.