lunes, 28 de diciembre de 2009

Esto y aquello, vides de la sucesión.


¿Qué es, el invierno o la evocación del invierno; las palabras o las ideas abrigadas, aun mudas y sempiternas? Lo mismo sucede con esta vida, ha dejado de ser nuestra para siempre, se ha tornado evocación, reminiscencia. En ella cabe toda palabra, incluso la que nunca existio.
Decía J.R.J que el arte es tan natural como la naturaleza. Y de esas palabras extraigo que los pocos poemas que uno ha escrito, los artículos de prensa, las escasas páginas y las menos reflexiones, han dejado de pertenecerme. En este desamarre de la obra consiste la evolución que Luis Cernuda advertía en Historia de un libro: el momento exacto de establecer el silencio.
La conquista del eso, la derrota del aquello. Con esa inexacta procedencia, la conquista del mundo es el vuelo del pájaro sin alas. Así, la poesía precipita la búsqueda en la realidad que no se muestra.
Cuando suenen sus íntimas trayectorias, algo habrá sucedido aun sin conocerlo el mundo; sólo el espíritu que acaba de nombrar y establecer su estancia. Acaso pasen décadas, siglos, sin haberse leído ese fragmento. En ningún caso habrá de dejado de ser único, infinito, eterno. Se habrá dado una coincidencia que surge más allá de cualquier aplauso colectivo, la coincidencia de lo bello y de lo exacto,- con J.R.R.-. Es la poesía.


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Hay costumbres que con el tiempo se vuelven ripiosas, amaneramientos de la sociedad en relación a la literatura. Con tan solo echar un vistazo a algunos de los autores que uno venera, puede comprobarse que las ediciones de sus obras fueron escasas, autofinanciadas o, en el mejor de los casos, pequeñas ediciones destinadas a una minoría. En pocos casos (hablo de los que degusto, admiro, releo) la publicación de una obra era un acicate para cambiar de estilo, vanagloriarse de sus dos o tres virtudes o completar una biografía escasa en títulos. Era cosa distanciada la publicación de la escritura, algo accidental, a veces, aneja, promocionada por tal o cual amistad que casi obligaba a dejar el libro en la estampa. También hubo méritos para algún caso, es cierto, pero abundan más las decepciones y los olvidos.
Ahora sucede todo lo contrario, es más, hay una intensificación de ese mercantilismo de las obras literarias. Si eres joven y no has publicado o ganado o participado en algún premio no existes para nadie, sólo para el que se entrega a diario en el compromiso. Vienes a ser melodía sin pentagrama.
Habrá que huir de estos premios, de estas dádivas en que siempre nacen vencedores los elegidos, no los entregados. Por eso, será virtud con el tiempo no haber ganado ningún premio, sólo haber resistido con tu obra, con tu talento fugitivo, en el monte de los poetas verdaderos, en la alameda verde la poesía.


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Lo primero que leí de la biografía de Unamuno (Taurus, 2009) es el episodio en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Conocido es el pasaje, pero no por ellomenos emocionante y aleccionador. En esta biografía, de Colette y Jean-Claude Rabaté, se añade parte del discurso con el que revocó y matizó Unamuno a Pemán y a Francisco Maldonado de Guevara. Recojo uno de los pasajes que, teniendo en cuenta las circunstancias del acto, son un ejemplo cristalino de moralidad: “Bolchevismo y fascismo son las dos formas –cóncava y convexa- de una misma y sola enfermedad mental colectiva”. Ante estas palabras, dictadas con nerviosismo pero con convencimiento, Millán Astray montó en cólera y gritó: “¡Abajo los intelectuales! ¡Viva la muerte!”.
Sin embargo, hay un episodio en estas fechas de la vida de Unamuno que, a pesar de ser menos heroico, a mi juicio, es más indicativo para comprender la España de entonces.
Unamuno tenía una tertulia en el Casino. Era lunes por la tarde, el día después del acontecimiento. En cuanto entró Unamuno, una serie de socios se le vino encima con abucheos, broncas, palabras malsonantes: “¡rojo!, ¡traidor!”, pudo escuchar el hombre anciano, estoico, desengañado de todas sus palabras. ¿Cómo se sintió el Rector de la Universidad de Salamanca, el alcalde honorario de la República con aquella España esperpéctica, entregada a un lado y a otro, a las ideas criminales que llevaron a la guerra?