domingo, 13 de diciembre de 2009

Los arpegios perdidos.

¿Dónde terminan esas melodías que se cruzan cuando un músico está ensayando, dónde; qué pretensión hay en ellas más que la de tocar por el mero discurrir de las notas musicales; qué fin pretenden esos arpegios fugitivos que serán recordados por nadie, asimilados por nadie, recordados por nadie?
Cuando no logro escribir durante varios días seguidos, me siento como un músico que necesita recuperar su virtuosismo con el esmero de los ensayos. Ahora que vuelvo de nuevo, que ejecuto con la muñeca suelta y el diafragma envirotado, tengo por cierto que la escritura en sí nunca deja de ser ensayo, prueba, experimento de una verdad indecible.
Alguna vez he pensado en una obra que sugiera esos instantes en que los músicos de una orquesta están ejecutando escalas, calentando el ébano de la madera, engrasando los pistones de los metales o comprobando el deslizar de los arcos sobre las cuerdas. En esos momentos previos a la armonía, la orquesta sucede sin concierto, a pesar de que uno pueda identificar, en el batiburrillo de disonancias, la voz cálida de la flauta o el bostezo aterciopelado de la trompa. El público distensa sus emociones y comienza a prepararse para comprender lo que a continuación será la obra. Algo parecido le sucede al lector que se adentra en un diario o en unas memorias, por momentos, se siente partícipe de esa antesala, de tal o cual aventuras que se está narrando e, incluso, llega uno a imaginar cómo una palabra, una acción (la vida es acción y palabras) terminará formando parte del engranaje de la otra vida que late desmesurada, la literaria, la escritura asalvajada. Pero, ¿qué hay de esos arpegios perdidos de los músicos?
Estas páginas son de ese himno, de ese preámbulo desbocado que no atiende a una armonía establecida. En su intención, en la de su autor, no hay más ambiciones que las de perpetuar por escrito una fórmula de pensamiento, la voz que deambula perdida en esta sucesión en la vida.

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Vuelve la mayoría de las veces porque se le ha olvidado una migaja o una cáscara de pipa con la que estaba jugando. Lo hace prematuramente, sin atisbar el peligro. Cuando logra su objetivo, esa vuelta al peligro inconsciente, se vuelve huraño y picotón. Un gorrión cabe en una mano, con los latidos golpeando en mi palma, y así se lo demuestro al amigo que me mira sorprendido. Cabe en una mano, repito, como unas alas que ponderan el infinito.

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M. y yo acabamos de descubrir que, cerca de nuestra nueva vivienda, hay un magnífico parque. Eso nos alegra, sobre todo a ella, porque echábamos en falta los paseos y la cercanía de cierto aire purificado. Igualmente, desde nuestra azotea, se puede prever la sierra de Cádiz, quizás vemos los inicios de las montañas como los dientes de leche de un niño. Toda la zona es tranquila, sin embargo tiene uno la sensación de estar al refugio de alguna persecución, de algún entramado que no sabemos de dónde procede, de pertenecer a una trama inconclusa que se desarrolla en silencio, pero sin descanso.
Por las mañanas, todas las luces que invaden la vivienda son un acontecer que me embriaga y embelesa. Jamás he tenido ese vínculo con el asomo de las luces. Parece que, de pronto, un analéptico principio comienza a descubrirse y que de ellas debiera brotar algún verso, alguna reflexión, acaso un arpegio perdido.