domingo, 27 de diciembre de 2009

Sin luces, con memoria de océanos.

Ayer se fue, con la luz, un par de páginas que uno había escrito sobre Vila-Matas, Venecia, Troppo Vero y algún verso de J.R.J de la edición de Guerra en España (Ponit de Lunettes, 2009). He intentado recuperar el canto de los gorriones, el manuscrito olvidado en un taxi de Onetti, los versos engullidos de san Juan. He intentado recordar lo escrito y me he visto incapacitado. No para recordar la idea, acaso la sustancia de las páginas, sino la forma de las palabras que desfilaban hasta convertirse en texto. Como esa inundación de la ciudad italiana, mis calles, los canales internos, los pasajes interiores han caído en la defunción. Recordar es vivir, la incapacidad de recordar es la muerte con sordina.
¿Qué es la lectura?, me he dicho con el signo de la tristeza. Como un sueño o una realidad escurridiza, la lectura es la suma de las sustancias, de los conceptos, las acciones o las imágenes que vertebran un libro, que lo edifican. De todas las páginas que llevamos leídas, sólo somos capaces de traer a la memoria, sin la mácula del olvido, algunos poemas, párrafos, frases sueltas de todo un tratado. Estas citas de memoria son extrañas presas en nuestro acervo lecturario, trofeos que devienen de la repetición; palabras que se convierten en acciones, porque cuando sospechamos que nuestra vida se acerca a esas palabras las usamos sin remiendos, las pronunciamos como un abracadabra que nos resucita de la ambivalente realidad.
Siempre he escrito aquellos autores a los que necesitaba comprender; no de otra forma soy capaz de leer con efusión las páginas de una novela o un diario o un libro de poemas. Incluso la filosofía ha sido víctima de este escribir la lectura, ejercicio capital de estos cuadernos que amontonan el diario de alguien que habita en el Trópico de la mancha.
Porque ayer, cuando la luz nos dejó en la oscuridad de nosotros mismos, se llevó las páginas sobre las que había trabajado varias horas, páginas que ya pertenecen a la nada, pero que recupero aquí con tan sólo nombrarlas. Ese es el poder de la palabra y de la ficción, hacer del recuerdo la virtud de la verdad.
A lo mejor esa es la clave para escribir una novela, esa es la sensación inicial, el fogonazo, como dcien algunos. Perder un manuscrito o soñar que se ha perdido el manuscrito o desfallecer porque se ha perdido un manuscrito y dejarse la vida en escribirlas de nuevo, con las tripas encima de la mesa.

***
Después de leer al completo Troppo vero, de A.T., se queda uno desmayado y con el síndrome del lector obseso. Tanta dosis de este salón de pasos perdidos me hace capaz de leer –no sé hasta cuándo ni cómo- los diarios que nunca leí, que son la mayoría, a decir verdad. Me hacen capaz de sentarme durante horas a escuchar el sonsonete de esas páginas balsámicas y embaucadoras que aparecen cada año.
Ya tengo sobre la mesa, por el contrario, las páginas que me restan de Auster y la biografía de Unamuno y las últimas secuencias de Los papeles de Aspern, de Henry James. Sin embargo, llevo toda la mañana con J.R.J. ¿Quién marca estos itinerarios: el azar, la voluntad, la ignorancia?