viernes, 11 de diciembre de 2009

Son.

Siente uno las cosas y casi nunca acierta a contarlas, las siente con el beneplácito de la embriaguez, con la proclive tendencia a la irreverencia, con las ascuas del pensamiento prolongando las vetas de nuestras palabras. Siente uno las cosas y casi siempre es incapaz de transmutarlas a obra literaria, con la anchura y claridad de todas las alamedas de la ficción. Las siente, las recuerda. Acaso las olvida.
Otras, las menos, se cuenta las cosas como nunca fueron o como nunca debieron suceder para no ser escritas o, en gran medida, traicionando a la memoria. La memoria es la sucesión de lo que tomamos por verdadero aun sin serlo.

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En cualquier caso, la vida otorga ese candil alevoso de la palabra, agraciado don con el que procedemos a ejecutar los mecanismos de la literatura como si quisiéramos desvincularnos de la misma realidad ebrios de trementina. Sin embargo, volvemos, con suspiros de péndulo, a la conjugación de la vida y la literatura, haz y envés de la palabra.
Schiller, por ejemplo, escribió: “¿Para qué sirve por fin semejante ficción del poeta? Dime primero lector/ para qué sirve la realidad”. La realidad es tomada por los poetas de la actualidad como un axioma totalmente descubierto y establecido. Lo hacen al calor de teorías políticas o de ensoñaciones utópicas que son precipitadas sobre los años que nos traspasan. Hay poetas que perpetran versos porque creen cambiar la realidad, pero qué es esta realidad.
Cuando un poeta sugiere en su poética la utilidad de la poesía, siempre sospecho que su pensamiento es débil, que su reflexión sobre lo real y lo ficticio necesita aún estar más tiempo en la sazón de la reflexión. Esta pregunta de Schiller es, sin duda, una declaración de principios del Romanticismo, que no dejan, por antiguas, de resultar fundamentales. Un poeta que piensa la realidad piensa la poesía y observo más compromiso en los que son tomados por elitistas, torremarfileños o puros que en los trincheristas de familias aburguesadas que no saben lo que es luchar, cuerpo a cuerpo, con la muerte al no escribir.