jueves, 3 de diciembre de 2009

Orquídea sobre fondo oscuro.

Hay plantas que nacen del desmayo del tiempo. Sus ramas, el verdear de sus formas por el espacio, recuerdan una melodía atrofiada que deshace la mirada. Hay plantas y árboles, lomas y torcales, sierras y delicados filamentos que previenen del insomnio de estar vivo. Con la lectura sucede algo parecido, ella azuza la conciencia para agraciarla, para dotarla de la incandescencia robada a los dioses menores del cotidiano suceder.
Cuando un lector comienza establecer los vínculos entre la letra impresa y el mundo imaginario y estético que surge en ese ejercicio, el hombre se despoja del mundo, como una planta que florece con sus pétalos blancos, libérrimos, acariciantes del silencio.
Quisiera que mis palabras fueran silenciosas, como el nacer de la naturaleza. Silenciosas pero imparables, tremendamente surgidas por su imperiosa obligación de ser escritas.
Es un accidente de la disposición del mundo la lectura. Cuando ella surge, el tiempo, los mares, el movimiento de los astros, acaso su música, quedan sumidos en la retina o en el oído de un ser que proclama, canina verbal, la turbadora instancia de la ficción.

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Hoy quiero confesar una manía, es la siguiente. Siempre que voy a una librería repito una acción. Consiste en leer el inicio de una obra de Elías Canetti. En él hay un niño que está leyendo. El libro comienza con la acción de un niño. Está leyendo. Nunca he continuado más allá de la primera página.
He leído ese pasaje tantas veces que ya forma parte de un recorrido sentimental. Incluso si el libro lo colocan en otro estante me siento desafectado y me voy iracundo del lugar.
Recuerdo unas palabras de Baudelaire en Críticas de Arte, “Del color”: “La armonía es la base de la teoría del color. La melodía es la unidad en el color, o el color en general”.
Cuando no encuentro la escritura en el diario, cuando soy incapaz de verbear los estímulos que me provocan y añaden a la especie; cuando todo brota gris y melancólico como la noche en tu garganta, cuando ya no eres más que un despojo inhabitado por la razón, pienso en esa unidad del color, en esa sucesiva marca y me veo reflejado en un espacio transparente en que nada se ha dicho y en que todo está por decir, en que sólo se atisba una erupción del silencio incandescente de un color que invade y proclama la existencia mortal de las palabras de un hombre, un hombre en grito inválido, en noche serena, en montes claros, sonorosos.

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Desaparecer. Desaparecer. Como la escritura a lápiz de Robert Walser. Como una escritura que configura la gramática de la desaparición. He ahí el tarareo de Gould, su garganta pretende reunir el sonido en él mismo. Walser quiso desaparecer a través de la escritura, paseando por la alameda de la caligrafía minúscula, a lápiz, en papeles pequeños, en retales que poco parecen tener entre sí alguna unión. Como señalaba Baudelaire, en el color hay una melodía que atraviesa la concepción del artista. Ella emigra, a través de la inteligencia, al acto creativo, a la forma artística. Walser quiso explorar el camino inverso: convertirse en escritura, llegar a sentir lo que padece un palabra aun sin escribirla. La desaparición es el arte de la escritura.