miércoles, 16 de diciembre de 2009

Con la piel sobre los hombros.

Con el salón de pasos perdidos de Trapiello sucede lo que la mareas. Inundación y vaivén, imantada atracción que se repite y de la que nunca termina el ciclo, por bellas, delitosas y naturales. Al cabo de varios centenares de páginas, termina uno incluyéndose en esa materia de ficción, acaba por asimilarse a una de esas iniciales o de equis que pueblan el territorio con esa profusión de intimidades veladas, de recuerdos pasados por el cedazo de la literatura. Me èrmití escribir en alguna página del libro una inicial, T., marca con la que perteneceré, hasta mis últimos días, en convivencia con toda la galería de personajes que aparecen y de los que se narra algo. Conviviré ficcionalmente, tanto vale para lo que sosmos.
Consigue Trapiello lo que R.G, velar la realidad, aceptarla, pero trascendiéndola con el vuelo de la verosimilitud. Hoy, por ejemplo, en medio de una reunión de lectores que desprenden su conocimiento a la mínima insinuación, ha querido uno comportarse como ese narrador que observa y ausculta, que guarda y se explaya. He anotado algunas frases, ciertas afirmaciones que ,en otro contexto, dejarían de ser geniales ocurrencias, títulos de obras y más de una boutade por añadidura. Las he leído en mi moleskine, una y otra vez, y me he preguntado y ahora qué, qué hay que hacer con todo este material para escribir literatura, cuál es la anatomía de la ficción, qué clave, qué proceso es el adecuado para convertirlo en materia verosímil.
Con estos pensamientos he seguido leyendo las páginas de Troppo vero, entusiasmado por algunos pasajes entrañables, como los que dedica el autor al pintor R.G.
Al cabo de un rato, me he fijado en el álbum en conmemoración a Cernuda del 2002.He fijado mi atención en la foto que destaca A.T. y he comprobado cómo la literatura interfiere no sólo en la sucesión canónica de la realidad, sino en la lectura de un libro, de una foto, acaso de nuestra voluntad sobre la tierra.

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A veces se conforma uno con salir incólume de los días. Sin lesión moral, sin aspavientos por una u otra palabra mal encajada en la cajonera de las horas. Hablar es siempre un trauma, porque la palabra es incapacidad; hablar es siempre una consecuencia, nunca una causa.
Cuando me detengo, varias horas después, a pensar en las palabras que dije por la mañana o en las afirmaciones que uno defendió con la rotundidad del granito, me abandono de inmediato, me despojo, me despatrio, me entrego al silencio, donde la realidad es un seno sin pezón, un arpa sin cuerdas. Eso es, decir al otro es despatriarse.
Antes de que acabara la mañana de aguas como calendas, fui a la librería a comprar Invisible, de Paul Auster (Anagrama, 2009). En ese título se esconde mi máxima aspiración, la consigna indiscutible, el deseo por el que dejaría de escribir y de leer. La invisibilidad es a la belleza lo que el silencio a la literatura.

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Como la fotografía que observo de la escultura de San Bartolomé en el duomo de Milán: esa piel que se entrega muerta, esa piel que reposa por las espaldas y que se lía entre una pierna y un brazo; esa piel que ha dejado de pertenecer a un cuerpo y a una sangre y a un esqueleto; y a todas las secuencias de un rostro vivo. Sin embargo, ella recuerda en sus formas, insinúa, un pasado, acierta a desvelar la extensión del cuerpo. Esa es la literatura, ese es el que escribe todas los días sin más remiendos ni afeites. Ese pellejo que nos cuelga a diario, que soportamos a diario, que nos contiene a diario. Ella es recuerdo y candente acervo de uno mismo, ella nos completa a pesar de su muerte.