martes, 17 de julio de 2007

ARQUEOLOGÍA DEL ABRAZO




Esta semana ha llegado hasta mis oídos una noticia que me ha estremecido sobremanera. Han hallado una pareja abrazada. Muertos ellos y vivo su tocamiento desde hace más de cinco mil años en Mantua (Italia), los restos arqueológicos se han convertido en la arqueología del abrazo por excelencia. Además se sabe que el abrazo pertenece (o quizás ya no les pertenece porque todo pasó, y llegó su hora y solo somos nosotros quienes lo apreciamos) a una joven pareja que principiaba, por entonces, los primeros acercamientos y tanteos al enamoramiento o a la fascinación por el otro; que en esos tiempos tampoco estaba claro. Un abrazo desempolvado de entre miles de abrazos que se han sucedido a lo largo de los días.
Este prodigio de las excavaciones me conduce a la siguiente reflexión. Viene a decir Javier Marías en “Negra espalda del tiempo” que los objetos y, en ocasiones, los actos perviven por encima de los seres que los poseen o los realizan. Muchos de los artilugios que nos rodean terminarán en manos de otros usuarios que a lo mejor cambian el curso de su uso o, quién sabe, destruyen por completo su existencia. Los gestos siempre poseen una dimensión que no controlamos. No sabemos hasta qué punto un gesto, una mirada o unas palabras pueden (a pesar de estar elegidas al azar y sin más criterio que el de la espontaneidad) modificar o perturbar la conducta de quienes nos rodean.
El descubrimiento de estos esqueletos amplía el estadio de influencia y de pervivencia que nuestros actos tienen durante el transcurso de la vida. Ha abolido toda regla temporal y ha hecho del acto amoroso un paradigma atemporal. Ha enturbiado la reflexión racional para los hombres, para quienes jamás entendieron de razones: “el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, escribió Cernuda. ¿Sabía esta pareja que el abrazo que se estaban dando en la tumba iba a ser descubierto cinco o seis mil años después? Poco les importaba tal circunstancia, quiero creer. Más bien, este enterramiento lo que hace es envolver de hipótesis y conjeturas el comportamiento del hombre desde sus inicios como tal. Nunca, incluidos los propios arqueólogos, se había encontrado una situación de tal ralea. Ya solo queda determinar las causas de la muerte, dice el periodista que glosa la hermosa y a la vez cadavérica foto. Pero, ¿es necesaria localizar la causa de la muerte para explicar la vida o el nacimiento de este gesto?
Las piernas levemente reclinadas parecen indicar que el anhelo de acercamiento era sumo. El reposo de uno de los cuerpos sobre el otro, el entrecruzamiento de brazos y el leve ladeo de sus cráneos perfilan los indicios de una escena mortífera pero rebosante de ternura. Hasta qué punto la muerte condujo a estos jóvenes ante la desesperación nunca lo sabremos. Tal vez la mirada de uno de ellos resumía con entereza las virtudes del hombre. La sinopsis tremebunda de esta escena está explicita en los propios restos. Ésa es la naturaleza de nuestros actos, nuestras palabras y nuestros objetos. Paso y ceniza, fermento óseo que se encostra en los días y los trastoca hasta no sabemos dónde ni cuándo, nunca lo sabremos, nunca. Porque el hombre es un misterio cuya respuesta no existe. “