martes, 24 de julio de 2007

SENSIBLES


Playa de Montijo, Sanlúcar de Barrameda ( Cádiz)

Hace poco se ha presentando un libro sobre la manzanilla con parte de los textos escritos por J. M. Caballero Bonald. A estas alturas hablar de mi devoción a la pluma de Bonald es absurdo y puedo pecar de insistente. Pero a pesar de la referencia, no dejo de atisbar en sus declaraciones cierto conato de desencanto con respecto a la evolución de la ciudad en los últimos años. Es más, cada vez que tiene ocasión no desperdicia la oportunidad para declarar que la ciudad que transmutó al territorio mítico de Argónida ya no le evoca la singularidad ni la desmesura sensorial de entonces.
El cambio es notorio aun para un joven ciudadano como soy yo. Incluso hablo de cierta aceleración en la desfachatez de unos dirigentes políticos que, al amparo de su ignorancia y de su falta de sensibilidad, han destruido vilmente algunas de las edificaciones y rincones más señeros de nuestro rincón sureño. No hablo, obviamente, de los que acaban de entrar pero sí les advierto desde aquí y en este día que analicen bien los errores de los que han salido.
Acabo de hacer referencia al término sensibilidad y no me retracto en absoluto de su aparición en temas de política, porque considero fundamental que al igual que el señor que dirige el urbanismo posea dotes de previsión urbana; de la misma forma que el delegado de turismo tiene que apreciar la potencialidad de un pueblo nacido de la historia; de igual manera que el delegado de deportes debe controlar la dinámica deportiva que se cuece junto con su problemática local etc. todos ellos deben poseer el aliño necesario de sensibilidad para no derruir los mojones arquitectónicos y de distinta categoría que la historia ha depositado en la localidad. Antes al contrario.
En ocasiones me alegro de que Sanlúcar no tenga una playa nacida del océano y de que sus aguas resten público bañista y catetoide. Porque pasear todavía por Bonanza, Montijo y La Jara sin la presencia masiva de los bañadores es un placer estético que pocos pueblos poseen. De la misma forma que tomarte una tapa en el centro del pueblo se ha convertido en una experiencia más allá del paladar. “Veo desde mi ventana ese confín/invulnerable, como anclado/ en algún extrarradio de la mitología” Diario de Argónida , J. M. Caballero Bonald.