martes, 17 de julio de 2007

PARÍS NO SE ACABA NUNCA



París no se acaba nunca, prende en sus allegados, sin embargo, una insatisfacción continua, una memoria anclada en el eterno retorno a sus arterias, calles, hombres. París no se acaba nunca, como no se acaba la belleza en sí misma. Y nunca se acaba sobre todo en la memoria de quienes han regresado cargados con la angustia de no volver jamás; de no saberse de nuevo por los boulevares, por la alargada sombra del “pont des arts”, el recoveco litográfico del “Marais”, las pinceladas cuesta arriba en “Monmartre” o por la mítica “Saint Germain de Prés”, tan deudora de las miradas que los artistas le han lanzado desde siglos. Lugares, todos y algunos nunca mencionados por la imposibilidad de dar nombre al sobrecogimiento absoluto, que forman parte de un imaginario colectivo cuyos tentáculos todavía hoy no están definidos. Han pasado varios días desde mi regreso de París y aún siento en el cogote el aliento de una ciudad uterina, de un pedazo del planeta en que sentí, como he sentido pocas veces, que todas las versiones de mi personalidad, que todas las posibilidades de mi vida bien podían abocetarse allí. Han pasado varias semanas y aún tengo en la garganta el sabor “salidulce” de mi vuelta a donde quizás no quise volver. “París no se acaba nunca”, escribe Vila- Matas acerca de la ciudad de piedra, imitando las palabras de Hemingway en “París era una fiesta”. Y “París no se acaba nunca” escribo y grito sobre el papel, yo, ahora, continuando el callejero que emana de la sensibilidad.
Durante varios días vengo mascullando la idea del regreso a la tierra que lo acoge a uno. ¿Es la patria el suelo de donde venimos o el que nos espera sempiterno? Desde hace varios años y por diversos motivos he sufrido lo que podemos llamar un exilio voluntario de la tierra en que nací, es decir, esa misma en la tú estás ahora. Esta circunstancia ha ido engendrando en mis adentros la voluntaria impresión de que el lugar de partida debe observarse siempre con los ojos del viajero primitivo. Nunca he disfrutado más de Sanlúcar que sabiéndome un extraño entre sus gentes, un holograma de aquel infante que anduvo por su infancia costera arrimado al Guadalquivir. Como hizo Pessoa, intento multiplicar las personalidades para creerme siempre con el derecho de volver pero también con la necesidad de no volver jamás. Rimbaud hablaba del “derecho a la huída” y V. S Naipul escribió un libro hace unos años titulado “El enigma de la llegada” en que explica cómo tuvo que separarse de su tierra para observarla con los ojos de un creador de esa tierra, como tuvo que obtener perspectiva para entenderse a sí mismo.
Si París no se acaba nunca es precisamente porque el viajero que ha probado las mieles de su misterio siente la necesidad del retorno, es decir, participa de la patria de otros tal y como yo estoy escribiendo ahora. Ni tan siquiera una lengua distinta desmonta la posibilidad de sentirte arraigado por de dentro en aquella monumentalidad absoluta y en aquella participación del imposible. Sé que nunca volveré sobre los pasos de aquel joven que aprendía los versos de Machado al murmullo del río Guadalquivir porque ese joven ya es otro; al igual que el recuerdo que ahora precipito y comparto contigo es solo una imagen desgatada de la imagen primera. Por eso, quizás porque los recuerdos solo conforman retales del olvido volvemos a los lugares una vez y otra, para renovar la memoria y darle la frescura necesaria para que la imagen se mantenga fresca, humedad y suficientemente perturbadora.