jueves, 25 de octubre de 2007

¿OTRA VEZ YO?

Llevo demasiado tiempo sin cumplir con las expectativas que se le presuponen a un columnista de pueblo. No analizo los acontecimientos que ocurren en la rúa; no atiendo a los desastres urbanísticos que se precipitan sobre una ciudad que pronto será ceniza y hormigón; no me pronuncio sobre los casos personales de políticos emboscados en la justicia; y, para colmo, en lugar de acercarme objetivamente a los hechos que gravitan en Sanlúcar, me dedico a rastrear por sus librerías, cafés, bares y playas. En todo caso (he de decirlo, pues no me aguanto más) es eso lo que quiero escribir.
No piensen que intento desfajarme después de más de dos años colaborando en este semanario. Tan solo debo dejar a las claras que me adiestro en el ejercicio de la memoria. Porque todo lo que suelo escribir cada semana, no es más que los despojos memorísticos e ilusorios de una tierra que penetró en mi infancia y me otorgó una educación sentimental. El problema es que la infancia, a pesar de sus halos míticos y verdiales fabuladores, no deja de ser un rastro en el agua del tiempo ocurrido. No sé, sinceramente, si mi infancia transcurrió siquiera por allí. Incluso en ocasiones dudo -a no ser que mis padres, amigos o compañeros de todo pelaje me atosiguen con el patrónimo- del carácter de pertenencia que le damos a las ciudades en las que uno nació. Si ese es el hilo umbilical que nos une a los pueblos y al carné de identidad, no me parece justo ni equilibrado volcar toda la responsabilidad de tu persona en un único territorio.
Los escritores se inventan territorios míticos para poder ejecutar con más solvencia literaria sus ínfulas narrativas. Se valen de la mezcla que surge al mixturar vida, memoria, verdad y ficción. Para ello necesitan, como he dicho otras veces, la amplitud óptica de la lejanía y la distancia. Esta perspectiva, que se da en mi caso, nimba de cierta oquedad retrospectiva la visión cerrada y repetida de los ciudadanos que viven diariamente allí. Así que, en última instancia, cuando profundizo con exageración lírica y prosa perlada de arabescos innecesarios, quiero ofrecer el aroma de la visión atrofiada por la nebulosa del recuerdo, la mirilla de los arrabales de la cotidianidad y, en todo caso, el humo funambulesco del fumeteo que me traigo solo en el trópico. ¿Una calada?
(Ilustración: El estudio, Johannes Vermeer 1632-1675)