jueves, 14 de febrero de 2008

SALA DE ESPERA

CUANDO llegué a la sala de espera del dentista y comprobé que era un televisor lo que servía de distracción a los que allí esperábamos el veredicto de las muelas y las encías, no tuve más que sentarme cabizbajo y entristecido. Hasta hace poco, ir al médico tenía un componente épico que se sustentaba en la sala de espera. En esa sala, podías encontrarte con personas de las que no tenías noticias desde hacía mucho tiempo, antiguos compañeros del colegio ahora convertidos en padres de familia, ex novias bien situadas, maestros ya jubilados, etc. Lo cierto es que nunca sabías si tu madre te iba a presentar a una desconocida para ti de tu familia o si, en definitiva, te reencontrarías con el pasado personificado en una de las figuras de tu memoria.
Recuerdo a mi madre y a mi abuela impresionadas por la cantidad de títulos que poseía el médico. Éste los mostraba en aquel habitáculo como los trofeos de su carrera profesional. Todos enmarcados, los títulos rezaban con el nombre que se leía como un rosario y casi de memoria. Si por entonces acudías de continuo al mismo doctor, incluso se memorizaban los títulos y los cuadros, el mismo lugar que ocupaba en la orla de licenciatura (arcaicos, copias, anacrónicos); paisajes que bailaban al son del silencio que era perpetuo. El silencio en las salas de espera era melodioso y húmedo, casi vegetativo y transpirable. Así que con los títulos, el silencio y las sorpresas personales, la estancia en la sala de espera terminaba, no siempre, en una aventura digna del recuerdo.
Sin embargo, lo que me arroja la memoria con más potencia y como una daga mortecina, es la cantidad de revistas que se amontonaba en la mesa central. Esas revistas eran una experiencia inolvidable: viajes, lecturas, sociedad, ciencia, etc. Con el paso del tiempo, las revistas fueron sustituidas por la prensa intolerable del corazón, al punto que ese es el reducto de lo que fue. En más de una ocasión, se hojeaba una revista con las ansias de volverlo a hacer en el futuro. Y así ocurría. Se mantenían las misma revistas durante mucho tiempo, el necesario para que cada paciente la pudiera leer, al menos, un par de veces.
En efecto, cuando llegué a la sala de espera del dentista y no pude paladear su silencio con musgo, ni leer ninguna revista, ni volver a encontrarme con el pasado en el rictus de un conocido y, por el contrario, la televisión hipnotizaba la mirada de los que allí esperaban, las voces en alto se diluían entre ruidos y timbres, me escapé como pude y anduve por las calles de la ciudad en busca de la segregación tardía de la felicidad que es de otro tiempo.