jueves, 7 de agosto de 2008

ACRÓBATA DE MÍ MISMO.

En un antiguo cafetín veo de lejos a un señor que abre un cuaderno. Acto seguido, saca de su chaqueta una estilográfica que presenta la vetusta actividad de los años. Se nota que no es la primera vez que este señor realiza este acto. De cualquier forma, sus movimientos son lentos, cadenciosamente lentos. Anota en su cuaderno negro una oración. Yo ya estoy sentado a su lado, justamente en la mesa de enfrente. Anoto en mi cuaderno, con disimulo, todo lo que estoy atestiguando. Llaman al señor desde la barra del bar; parece que es conocido en el lugar y que mantiene buena relación con los camareros. “Monsieur Renard, s´il vous plait”. Entonces el hombre se levanta decidido y acude a la llamada entre sonrisas y aspavientos.
Desde este lugar se ve la terraza de otra manera, ahora que ocupo el mismo asiento que ocupaba el señor Renard –lo he hecho cuando estaba de espaldas. La mesa está llena de inscripciones, una de ellas reza: “Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo”. Cuando me doy cuenta, a lo lejos, desde la esquina en la que observé al señor, allí mismo, está Renard mirándome fijamente con sus ojos de acróbata. Lleva en la mano la misma libreta. Comenzó a escribir en ella. Es 1898. Aún no he nacido.