viernes, 8 de agosto de 2008

CARÁCTER Y DESTINO

Al contemplar la pequeña biblioteca me pregunto si los libros no son las formas complejas de las vidas humanas. Me pregunto, igualmente, si cada uno de ellos no representa una modulación del tiempo, un temple, un auspicio, un conglomerado de almas que han buscado la manera de salirse de la circular manía de estar aquí. Porque estamos en un círculo que es recto. Un avance en retroceso.
Cuando termino de pensar en ello –cuya conclusión ni me satisface ni me congratula- lo hago a la inversa. La forma de perpetuarse en la finita recta es otorgándole la voz a la sensibilidad. Dejarla anclada en el frontispicio que perdura más allá del porcentaje celular de mi cuerpo. Abandonarnos completamente y entregar –sin liturgias, sin conmemoraciones- nuestra vida a la literatura es una conspiración contra los límites que nos sustentan. Siempre me agradó conspirar contra el tiempo, aunque si somos el tiempo, estoy conspirando contra mí.

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A lo mejor ahora comprendo la cita de Pessoa que acabo de leer: “Mi arte soy yo”. En cualquier caso también existe la aspiración de querer que nuestro arte sea un yo que no controlamos, el que vamos configurando –como Prometeo, Frankestein, Adán- y que a la larga no llegamos a dirigir. Hasta ahora nadie nos ha asegurado que hemos nacido para vivir; tampoco para otra cosa. Vivir, digo vivir, vivir a pulso.
Renard: “El hombre nace con sus vicios; las virtudes las adquiere”. El hombre es un compuesto de vicios que se liman con las virtudes que se van adquiriendo a fuerza de reproches y manías. En la manía hay virtud a borbotones, pero todo el vicio del mundo. Así que no creo que la virtud y el vicio vayan por separado, querido Jules, antes al contrario, pienso más bien que la virtud es la noble forma del vicio. La vida es un vicio que puede terminar rebotando en la nada o convertida en virtud. Esta última manera la llaman los hombres arte.

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Así lo advierte Montaigne: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano”. Así lector, he convertido mi vida en virtud, pero una virtud que nadie merece leer, por viciosa. Cuestión de pareceres, diferencias de los hombres. A este respecto me voy al capítulo XLII de sus Ensayos, “De la desigualdad que existe entre nosotros”. Montaigne abre la entrada con unas palabras que roba a Plutarco y que vienen a decirnos que no hay distancia tan grande de animal a animal como la que existe de hombre a hombre. Al final de la misma, recupero la sentencia latina que usaba el filósofo para coronar sus ensayos: “Mores cuique sui fingunt fortunam” (“Cada uno según su carácter se hace su destino”. Cornelio Nepote, Vida de Ático, II). Cernuda recogió la enseñanza en Historial de un libro y lo hizo sentencia: “Carácter es destino”. El destino, por lo tanto, es una disposición del carácter, a él se sujeta, por él se determina.
*Ilustración, Michel de Montaigne.