domingo, 3 de agosto de 2008

MIEDOS Y OTROS FERVORES

En este tiempo de calor y sofocos, de alegrías y desencuentros, mis lecturas se dispersan en una convención que no me agrada. No soy capaz de controlar ese efecto, ese movimiento de péndulo que me lleva de un libro a otro y que no me deja estar en ninguna lectura. Después de pensarlo, a lo mejor no es tan grave como parece, a pesar de que el agobio y la incertidumbre arrecian con descaro. Leer a tramos. ¿Qué es la vida si no un tramo discontinuo que nos lleva de una cosa a otra, de un estado a otro casi sin percibirlos?
A todo esto abro el Diario de Pessoa y leo: “Me arrebatan ansias que rechazo. Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innúmeros espejos fantásticos que deforma, convirtiendo e reflexiones falsas, una realidad que no está en nadie y está en todos. Siento que vivo vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompletamente, individualizado en una suma de no-yoes que se sintetizan en un yo simulado”. Incompletamente participo de esas inconstancias del espíritu y me siento todos los lectores, me creo todos los lectores cuando quiero leerlo todo y entonces opera la dispersión. Me siento tan a gusto siendo el lector de Pessoa como de Renard, de Borges como de Cervantes. ¿Existe el lector, el lector arquetípico que los aglutina a todos, como existen la noche y sus ornamentos?

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La rosa profunda es un poemario que Borges escribió en 1975 y que posee un prólogo cuya lectura es muy recomendable, como todos los prólogos de Borges. El libro comienza con un poema titulado "Yo". Es un magnífico poema, pero los dos últimos versos son mágicos: “Más raro es ser el hombre que entrelaza/ palabras en un cuarto de una casa”. Aquí, en el cuarto de una casa, pretendo entrelazar palabras y palabras que, en una suerte de colofón, no me llevarán más que a ser un hombre raro. En la cadencia del poema de Borges he atisbado al otro que me posee y que escribe y termina estas letras. Acaso el que es yo.

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Sigo la aventura diaria de Renard, quien habita en estos ejercicios con pertinaz presencia, debo decir que el año de 1895 es un año de una cosecha literaria insoslayable. En realidad, el que escribe consigue alcanzar una situación en la que nadie es capaz de interrumpirlo. Sólo se interrumpe el mismo escritor, cuando cree que lo escrito no merece la pena ser escrito de esa forma o no alcanza la altura deseada o no ha logrado las pretensiones que en un principio se proyectaron. La idea entonces vuelve a ser restituida bajo otras palabras. Renard: “Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan”. Aunque esa prudencia que se lleva al límite no es más que la consecuencia de alguna duda interior que lo oprime. Renard: “La prudencia no es más que un eufemismo del miedo”. El miedo es malo para la literatura, un compuesto que perjudica más que beneficia. Hay que dejar el miedo para escribir, el miedo profundo, como se deja un abrigo en verano. Ya llegará la necesidad de volver a cogerlo con fuerza; su presencia es necesaria sólo cuando se requiera. Mientras tanto y ante todo, aparta el miedo y escribe.
Un ser raro escribe unas palabras sin miedo en un cuarto, sólo rodeado de otros que pretenden ser el mismo que escribe.