sábado, 9 de agosto de 2008

CAMBALACHE

Cuentan que la señora que cayó en el lodazal salió cantando un tango de Gardel, “Cambalache”: “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”. Dijeron que su compás era único y que no dejó de cantar el tango completo hasta que no abandonó la playa. Ah, ¿no sabes que una señora se hundió hasta la cintura en un lodazal y que tuvo que ir la policía y los bomberos a rescatarla? También recuerdan que la afinación era un prodigio y que a pesar de estar llena toda de lodo y otros compuestos,
incluso quiso arrancar un baile que quedó en un amago, como las pequeñas olas que arrecian contra la orilla de nuestro río. Después de ser casi engullida por los lodos, nadie se explica todavía cómo pudo suceder, ya que todos los habitantes de esta ciudad están al día de lo que ocurre en estas aguas que, a pesar de su turbidez esporádica y de sus zonas de hundimiento, han sido siempre ejemplo de claridad y de limpieza.
Recordé a Julio Sosa, el uruguayo, el Varón del Tango, acodado en la barra de un bar ficticio a la vez que iniciaba una comparsa con un camarero postizo. Todo eran quejas, reproches que se lanzaban al mundo; el camarero asentía dulcemente al tiempo que le ofrecía un trago, un cóctel bien seco que se titulaba Cambalache. Era el momento en que arrancaba la orquesta; el fornido cantante se adelantaba para deleitar al público con su apuesto traje y su rotunda voz. La interpretación era cosa de ángeles, viste. Todo un coloso entregando su voz para denunciar las miserias que ocupan este mundo. Por eso el caso de esta señora es una buena metáfora de lo que nos ocurre: estamos en el lodo sin saberlo. Sólo cuando nos veamos con el lodo a la altura del pecho comenzaremos a pensar que deberíamos haber hecho algo. Ya es tarde. Nos movemos cuando nos toca de cerca. No sé que más puede ocurrir en una playa para que los ciudadanos no salgan, al menos, a exigir unas condiciones mínimas. No hay policía, en muchas ocasiones no hay vigilantes, hay perros paseándose libremente y defecando por doquier, hay sustancias en el río que no conocemos, las papeleras escasean, etc.
“El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el quinientos seis
y en el dos mil también”, con estas palabras comienza el reseñado tango de Gardel. Este trueque con jactancia que les hacemos a los políticos, la del voto por los compromisos, viene cargado de defectos. Uno de ellos es el enigma del poder, la estancia en el olvido. Porque pienso que el político es un ciudadano respetable como cualquier otro, pero un ente desustanciado, que ha perdido, como tal, su estatus y que no le queda más remedio que dar explicaciones. Si no las da, tenemos que pedírselas.