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Desde el centro de un sueño quiero contemplar la vida para llevarla a la diversión. Debo salirme de mi vida para vivirla, para imbricarme en todas sus aristas. Entonces me conmuevo por lo que nunca aprecié, lloro con la caída del sol, escribo cuando no tengo nada que decir, cuento historias delante de los amigos que jamás me importaron. Me di cuenta de que lo que pensaba lejano y extraño para mis días, no son más que los márgenes oblicuos de una diversión, la de sentirme evasivo de mí mismo. Renard escribió el 27 de noviembre de 1896: “No vivo, pero aún vivo demasiado. Habría que contemplar siempre la propia vida como desde el centro de un sueño. Todo sería divertido”. Nada más literario, entonces, que escribir los sueños de otros, tal y como lo hizo Tabucchi en Sueños de sueños.
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“Si pudiera dedicarme a cualquier cosa – un ideal, un canario, un perro, una investigación histórica, la imposible solución de un inútil problema gramatical…- entonces, sí, tal vez, sería feliz. Pero nada es una cosa para mí excepto las ficciones de mis sueños, y esas son cosas por derecho propio. Incluso cuando tengo el placer de soñarlos, siento la amargura de saber que los estoy soñando”. Si el sueño es una amargura, la vida es la tremenda sensación amarga de degustar los sueños. Fíjate, nada es algo para Pessoa excepto las ficciones de sus sueños, nada es la vida. Vivía desde el centro de un sueño, el de saberse soñando sus ficciones. El resto pertenecía a esa oscura vaguedad de los días que se encostra y nos carcome de continuo. Contra eso levanto mi voz, levanto la palabra, para desvencijar las inercias a las que nos conduce la vida.
*Ilustración, R. Magritte, La interpretación de los sueños, Óleo, 1930.
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