sábado, 16 de agosto de 2008

MUDANZAS

Me encuentro con una postal que me envió un amigo desde Bruselas. La foto recoge el magnífico aspecto de la Grand Place con una alfombra de flores. Era el año de 2005. La he encontrado resguardada entre unos papeles y he comenzado a leerla con la emoción que me invadió hace tres años: “Queridos, aquí seguimos…”. Ese “aquí” me ha recordado un poema de Ángel González: “Aquí, Madrid, mil novecientos/cincuenta y cuatro: un hombre solo”. Las diferencias son notorias, la posguerra por un lado, la experiencia próxima, por otro. Sin embargo, me interesa rescatar ese adverbio ya que escribe siempre uno intentando dejar bien atado el aquí y el ahora, el espacio y el tiempo concretos, a sabiendas de que la mudanza de lo cotidiano llegará a trastocarlo. Ahora me doy cuenta de que he escrito una estulticia, el aquí y el ahora nunca pueden ser concretados más que en la memoria, es decir, cuando supuestamente han pasado. Por eso mudo mi discurso y lo enredo con lo que venía diciendo.
Las mudanzas dan náuseas porque son abismales. Es una recolecta de papeles, libros o artilugios con los que uno ha vivido de un tiempo a esta parte. Ahora que me enfrento con una, después de tres años, he comprobado que siempre está uno acompañado casi de los mismos elementos. Las mismas compras, idénticas manías, procedimientos mensuales íntegramente repetidos. Una espiral, esta vida, que nos envuelve en la arácnida tesela de lo ingrávido.
Esta semana, un hombre negro, africano, de los que se colocan en Sevilla a más de cuarenta grados en los semáforos para vender pañuelos, se ha encontrado con una cartera cargada de dinero. Dos mil setecientos euros y un cheque de ochocientos cuarenta euros. Lo he imaginado emocionado al soñar cuántas situaciones nuevas surgieron con los billetes en la mano: comidas, ropas, familia. Lo vi sentado en un banco, emocionado por el hallazgo mientras sostenía con el puño cerrado su rostro tizón y ébano. Comenzó a surgir, forzosamente, alguna lágrima. Con ese dinero pudo haber vivido durante meses alejado del exultante calor y de la mediocre situación de pedir dinero a conductores que cierran la ventanilla porque piensan con el maniqueísmo católico de los occidentales. En esos momentos apareció un coche oficial de la policía y este señor le entregó la cartera con todo lo que esta soportaba en su billetera.
Llegó la mudanza con su guante transparente. Lo devolvió a su lugar de trabajo, junto a un semáforo que se enciende una y otra vez en rojo, ámbar y verde. Una plaza en Bruselas, una postal, el sueño de una vida. Mudanza constante, perpetua distancia a la nada. Rojo, ámbar, verde.