miércoles, 6 de agosto de 2008

LA CONTINUIDAD, LOS PARQUES.

Se ha hablado mucho de las virtudes del magnífico cuento de Cortázar titulado “Continuidad de los parques” (Final del juego, 1956). Hoy quiero ver de solapa, en un poema de Borges, las exultantes virtudes de este cuento: el lector que lee su vida, lo que le ocurre. Escribe Borges “Elegía a un parque” para decirnos que nosotros, al terminar de leer el poema, somos parte de esa ruina, de ese olvido, de la misma conmemoración de esos versos:
Se perdió el laberinto. Se perdieron
todos los eucaliptos ordenados,
los toldos del verano y la vigilia
del incesante espejo, repitiendo
cada expresión de cada rostro humano,
cada fugacidad. El detenido
reloj, la entretejida madreselva,
la glorieta, las frívolas estatuas,
el otro lado de la tarde, el trino,
el mirador y el ocio de la fuente
son cosas del pasado. ¿Del pasado?
Si no hubo un principio ni habrá un término,
si nos aguarda una infinita suma
de blancos días y de negras noches,
ya somos el pasado que seremos.
Somos el tiempo, el río indivisible,
somos Uxmal, Cartago y la borrada
muralla del romano y el perdido
parque que conmemoran estos versos.
Al igual que la tarde, el trino, el mirador, el ocio de la fuente, en fin, en esa enumeración de elementos que configuraban el parque y que se han perdido estaba la mirada que los reconstruía, acaso la mirada del lector que ahora lo sueña y reconstruye con los artificios de la literatura.

*
En un intento de leer las poesías de Unamuno, cuya edición de sus poesías completas es de difícil catadura por inencontrables, he ido a parar a un libro desconocido para mí hasta entonces, Diario íntimo. Este diario unamuniano está compuesto por cinco “cuadernillos” anotados a mano. El primero, según nos hace saber el editor, consta de 100 páginas, el segundo de 96 y el resto de cuatro páginas cada uno. Ya he concluido la lectura del primer cuaderno y la sorpresa ha sido enorme y grata. La escritura de este Diario coincide con la crisis acuciante que abordó a Unamuno a finales del siglo XIX; así que las dudas, las esperanzas maltrechas y las cavilaciones religiosas acaparan buena parte de estas notas breves y concisas. El primer cuadernillo es una buena muestra de las veces que tuvo Unamuno que discernir, según su criterio, entre lo que ofrece la fe y la razón. Las anotaciones son continuas: “Padezco una descomposición espiritual, una verdadera pulverización bajo la cual palpita la voluntad de mi mente, su fuerte deseo de creer, de creer en sí, en que no se aniquila”. Aunque de vez en cuando el viejo profesor se ve sometido a las tornas del existencialismo: “Yo quiero ser nada, ni que nadie se acuerde de mí. Trabajar, ¿para qué? Me encierro aquí, entre cuatro viejos y a vivir. Mis aspiraciones están ya satisfechas. Un nihilista.” Si uno lee estas afirmaciones, ¿llega a convertirse en nihilista por momentos; si leemos la nada la alcanzamos, si leemos la eternidad llegamos a poseerla?

*
Así vista, la vida se cierne sobre los vacuos resortes de la tarde. Veo a un anciano rodeado de viejos sentado en parque que poco a poco va desapareciendo, desfigurándose en el horizonte. Entonces escribo un verso, comienzo un poema: “Se perdió el laberinto”. Trato, a escondidas, de otorgarle la continuidad al parque, de atender a las aspiraciones de un señor para quien la vida, vivir, fue una batalla, la de saberse finito hasta entonces. Después de eso, nada.
*
En 1897 se suicida el padre de mi admirado Jules Renard. Las entradas acerca del padre son muy abundantes en este tramo del Diario. A pesar de ello, jamás pierde la ironía el escritor francés: "Estoy hecho como todo el mundo, y si consig verme en mi espejo sólidamente colgado , veré a la humanidad casi entera". Al asomarme al espejo, no he visto mi rostro; por unos momentos me he sentido alejado de la humanidad, tal vez sin ella. ¿Era otro el que asomaba perplejo?
Me preguntan mis amigos qué me parece tal o cual escritor, escritores todos que publican casi anualmente. Renard: "Uno siempre se equivoca sobre sus contemporáneos. Así que no los leamos". Dejar de leer a algunos escritores es dejar de leer buena literatura y me parece excesivo. A pesar de todo, no sé qué contestar. Callo. A lo mejor en ese silencio alguno interpretan que no merece leerlos, o que estoy totalmente equivocado. Los mecanismos del silencio poseen sus estaciones. Una de ellas es someterlo a juicio público.