domingo, 8 de febrero de 2009

Cómo se hace una novela, de Unamuno.

Leer a Vila-Matas es no dejar de leer nunca. Como un centón, como un tapiz al que se le ven las costuras y los hilos que lo sostienen, podemos trazar -o escribir en mi caso- todas las obras que aparecen citadas. Tengo la costumbre de anotar los títulos y los autores en las últimas páginas de los volúmenes con la intención de hacer un registro (y esto es una manía de Pérec: registre la realidad, es lo que le queda) de un universo literario. Por lo tanto, leer un libro de Vila-Matas se convierte a posteriori en el intento de registrar un universo. Un universo literario. Cosa extraordinaria que me implica hasta la extenuación, porque cuando tengo la lista escrita, el paso siguiente es leer a todos los que están allí. Sin embargo, me acaba de ocurrir un hecho que trastoca todo este mecanismo que ya daba por consolidado y que resumo como unas instrucciones: 1. Leo a Vila-Matas. 2. Saco el destornillador (véase lápiz) y escribo. 3. A continuación, leo a los escritores citados. 4. El paso último es escribir la lectura, como acontece ahora.
Todo esto se ha trastocado y me ha dejado otra enseñanza, una lección. Aunque debo dejar claro que la sorpresa se ha dado cuando la literatura y la vida han cruzado sus coordenadas.
Lección. En las primeras página de París no se acaba nunca aparece citada Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno. Obviamente, estaba escrita en mi registro, pero la tuve como una obra que no había marcado en exceso la creación de la obra parisina.
Se acaba de publicar en Cátedra (2009) la edición de Cómo se hace una novela a cargo de Teresa Gómez Trueba. En la magnífica introducción del libro, hay un punto dedicado a la relación de la obra de Unamuno con las novelas que se escriben actualmente y la sitúa como un claro antecedente de la novela degenerada, esto es, aquella que ha invadido las sucursales genéricas de otras formas de escribir.
La conclusión a la que llega la editora, y con la que estoy en acuerdo, es que la obra de Unamuno ha pasado inadvertida hasta ahora en nuestra tradición hispánica. Tanto su ejecución como su poética han lanzado una propuesta que algunos autores han recogido exitosamente. Uno de ellos, claro está, es Vila-Matas. En resumidas cuentas, la nivola de Unamuno ha sido rescatada en la “no-vila” (término acuñado por Jordi LLovet), por lo que la lección ha sido a la inversa. En esta ocasión, voy a leer a un autor de otra época, un precedente, un prototipo de lo que Vila-Matas escribió.
La lección: el escritor es un lector privilegiado que husmea por donde los otros no vieron nada; que recoge lo que otros no intuyeron como materia de la ficción y que, además, lo engulle en forma de escritura.