martes, 24 de febrero de 2009

Punto y Aparte. Italo Calvino, lector e insecto.

¿Para quién escribimos? Cuando se piensa en la escritura de un libro tendríamos que imaginar una estantería en la que colocarlo y un lector que lo coloca allí, y que se propone leerlo, imaginarios. Ese lector y esa estantería suponen dos elementos contrapuestos: la estantería es la estática relación del libro con otros libros; el lector, el activo enlace que teje en su casa la tela de araña que une un libro con otro, un libro con otro.Ergon y energeia. De esta forma, el lector es un insecto que teje y cruza las páginas de los libros que ha leído. Un insecto, el lector. Gregorio, la familia Samsa en manos de Kafka.
Esa estantería, inventada por Italo Calvino en Punto y Aparte, está vertebrada por la siguiente afirmación:
“La labor de un escritor es tanto más importante cuanto más improbable sea aún
la estantería ideal en que quisiera situarse, con libros que todavía no están
acostumbrados a estar colocados juntos a otros y cuya proximidad podría producir
descargas eléctricas […]”.
Decía Valle-Inclán que su máxima ambición era escribir dos palabras desconocidas entre sí, unir dos palabras que jamás se hubieran relacionado para conseguir un significado nuevo. Por eso considero que la literatura debe ser siempre un misterio que hay que resolver; la literatura no puede dejarse acariciar por la facilidad del mercado, por las trampas y moldes de lo vacuo. Dejaría, en este punto, de proyectar la biblioteca imaginaria y sólo sería un producto disecado, insípido, vegetativo.
Punto y aparte, ese es el proceso de la lectura. No dejar nunca de inventariar una estantería sin límites cuyas baldas, macizas y repletas, nos digan que nuestra miseria descansa, al menos, en negro sobre blanco. Un testamento es una biblioteca, el legado de un insecto que fecunda la nada.