sábado, 21 de febrero de 2009

PROVERBIOS HUMANOS

Venía alicaído. La mirada rastreaba por el suelo sus pisadas. En la mano un libro y era costumbre que, tras leer algún volumen, se llevara toda la tarde hablándome de esas páginas que tanto le habían gustado o que tanto le habían decepcionado. En esta ocasión, el libro era de poesía, y me extrañó que el Licenciado hubiera escogido un libro de Antonio Machado. Sorpresa, porque se conoce de memoria casi libros enteros. En esas tuve la primera lección.
-Viene usted con la poesía en las manos, ¿tan mal está como para releer a Machado?
-Ay, ay,…la juventud ciega las evidencias, joven. Debe usted medir sus palabras, no las deje tan sueltas y tan llanas.
- Voy a pedirle un vaso de manzanilla, verá como las silvas asonantadas de don Antonio se convierten en seguidillas y alegrías.
- No me pida nada, hoy no me apetece el mundo. El mundo ha dejado de ser un proverbio humano.
-Pero, ¿cómo es posible que usted me diga que no le apetece nada, ni siquiera un caldo fresco? Usted, Licenciado, me regaña cuando me dejo llevar por las cosas insignificantes y me dice, vamos, ¡y me riñe!, con esas palabras tan suyas y que tan bien recuerdo: “Usted en su vida no es nadie para contradecirla. Así que no se deje apenar por ella”.
-Lo sé, ¡y lo mantengo, pardiez!, pero llevo unos días atravesando un desierto. En esas arenas he visto que los hombres han abandonado el conocimiento y la cultura, los valores y la ética a favor de las maldades. Fíjese, ese joven que ha asesinado…esos amigos que lo han ayudado… ¡Esa conducta es una muestra!
- ¿Piensa usted que conviene la antigua moral, la que reprochaba las conductas inadecuadas con fuerza y determinación?
-Admitirle eso es dejar de creer en la libertad de crecimiento y, por lo tanto, en la especie. A lo mejor ya no creo en la especie.
- Parece Shopenhauer, Licenciado, defenestrando la especie humana. A lo mjeor lo que debe es cambiar su voluntad para cambiar la representación.
-Ay, joven, báñese en esa agua, ya no volverá a sentirla.
Mientras tanto, me he levantado y he ido a la barra en busca de dos gorriones de manzanilla. El Licenciado se lo ha embuchado de un solo movimiento. La sonrisa ha vuelto a sus labios. Abre el libro y me recita, casi en silencio. Luego, me dice que le lea Campos de Castilla. Siga, joven, siga.