lunes, 16 de febrero de 2009

En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano.

Louki, Jacqueline Delanque, la obsesiva protagonista de En el café de la juventud perdida, me espera sentada en el Le Condé. En ese bar, donde los parroquianos suceden como rimas sueltas, hay dos puertas. La más estrecha es la que llaman la puerta de la sombra. Es la puerta por la que acostumbra entrar Louki y es un acto perfectamente establecido para la naturaleza de esta criatura de Patrick Modiano, su umbral de paso: Louki es una suerte de entelequia fonológica, un eco en busca de su sonido.
En el café de la juventud perdida, Modiano escribe utilizando varios puntos de vista (tercera y primera persona) para ofrecer una perspectiva caleidoscopica de la trama. Pero este libro, que no tiene trama más que el deambular de Louki por el París de los 60, se convierte en una factoría de la sintaxis escueta, del estilo recortado y aséptico, de la palabra misteriosa que insinúa, indica, sugiere y nunca maldice.
Un juego de espejismos cuyo corte convexo lo otorga Louki, ella vertbera la imagen: su vida y sus recuerdos son los dos extremos de dicha mirada cristalina. Existe, además, un personaje que puede emparentarse con Perec (últimamente todo lo veo con la mirada de Perec). Bowing, uno de los cafeteros de Le Condé, se empeña en registrar todo lo que ocurre en el bar: quién entra, sale, cuántas veces, qué bebe, etc. Apuntes y notas que completan eso que él llama su Libro de Oro.
¿Quiénes son los habitantes del café perdido? Louki, Babileé, Adamov, el doctor Vala, Tarzau, Jean-Michel, Fred, Houpa, Boeing, Casley, Maurice Rápale, don Carlos, Bob Storms, Mireille y Annet. Bohemios. Lectores, alcohólicos, editores, escritores. Un corifeo alrededor de Louki que viene a decirnos “si toda aquella época sigue aún viva en mi recuerdo se debe a las preguntas que se quedaron sin respuestas”. Todos hablan, opinan, consideran la palabra un artilugio de conocimiento. Porque “Vivimos a merced de ciertos silencios”.
La búsqueda de Louki, una joven que se sitúa entre los límites de la vida presente y los recuerdos, hace que su búsqueda se convierta en un tránsito por los deseos perdidos. Ella estuvo casada con un hombre que nunca amó, su madre era trabajadora del Moulin- Rouge y sus pasos estaban marcados por el barrio y las calles en las que se desarrolló su infancia. De esta forma, este mapa sentimental es un verter de confusiones a la memoria en el presente. Su único refugio es el bar, sus verdaderos inquilinos, los residentes de sus sentimientos, digo, son los cafeteros del Le Condé.
La idea del Eterno Retorno toma desde el principio a un protagonista como vocero. Roland, el personaje que emprende la búsqueda por los parajes con los que anduvo repleto de ilusiones junto a Louki, espera el Retorno y está convencido, al mismo tiempo, de que esa vida que vivió le vale para justificar todas las vidas posibles. Louki y, en parte, Roland, vivieron una vida que se les antojaba ajena, pero que asumieron como propia. En esa dicotomía en que se baten el pasado y el presente está la escritura de Modiano.
Le Condé termina por desaparecer. Los personajes del café pertenecen a la galería de los estantes perdidos. Y Roland, cuando pasea por L´Odéon en busca del café, se encuentra con un palimpsesto y con una evidencia: los recuerdos tienen la vigencia de la fugacidad.
Y ése es el mayor logro del libro de Patrick Modiano, ofrecer en un mapa mudo la presencia insustancial de un personaje que se busca a sí mismo a través de la mirada de los demás. Porque el recuerdo es un filamento de la utopía.