sábado, 7 de febrero de 2009

Silencio en el foro.

Este artículo no puede ser esta semana más que papel mojado. Papel mojado por muchas circunstancias. La primera, la cantidad de agua con la que nos está regando el ciclo de la lluvia. La segunda, porque todo lo que uno escribe sobre la crisis, sobre los hombres o sobre cualquier materia, por muy sustancial que esta sea, termina en nada. Por eso mismo creo que estamos en un Teatro, asistiendo a la representación en directo de una obra que tercia la comedia con la tragedia –como La Celestina-; un espectáculo en que los actores principales son los banqueros y los políticos, es decir, los dos personajes más zafios y rufianes de la historia de este teatro moderno. Cosa parecida ocurre en otros aspectos: el trabajo, la familia, los amigos. ¿Cuándo estamos fluyendo con sinceridad y cuándo bajo el velo de la estupidez? Porque hay posturas que exaltan la incoherencia y otras que recrean la estupidez misma. “Hola buenos días, vaya usted con dios”, ¿me estará condenando al infierno y por eso me quiere con esa compañía?
El Gran Teatro del Mundo, eso es, una interpretación. Cuando Calderón de la Barca escribió el auto sacramental que utilizaba personajes alegóricos, es decir, personajes que representan más allá de lo que son, símbolos escondidos de lo que el mundo muestra, estaba trazando el futuro. Acertó de lleno. Ése es nuestro sino, enmascararnos en un personaje.
No en vano “personaje” significa “individuo de la especie humana” y proviene del teatro griego -etrusco y latín-. En eso nos ha convertido esta sociedad devoradora de individuos. El individuo ha desaparecido, es una entelequia, sólo queda la alegoría de lo que fue: el trabajador, el esposo, el alcalde, el estudiante, el parado, etc. Una galería de protagonistas descabezados y desprovistos de cualquier efecto personal. Quien anda sólo termina perdido, quien pretende transitar por su decisión se precipita al contragolpe social.
Un Gran Teatro del mundo en que juegan con nuestro dinero hasta desplumarnos. Una pose, en último estado. Una palabra de los políticos;pobres diablos, a los políticos ya sólo les queda las palabras en la mentira, vuelven a sus instintos.
Mientras tanto el mundo se convierte en una aldea global, pero de analfabetos envejecidos. En una pandilla, mejor, juveniles ritos de violencia.
A la postre, poco importa haber leído nada, haber estudiado nada, haber escrito algo, ser un hombre machadianamente bueno. Poco importa haber levantado una vida y defenderla. El Teatro sigue y cambia de función. Los asistentes ya sólo asisten. Dormidos, impávidos. Ni un aplauso en el foro. Más bien el silencio, como en La casa de Bernarda Alba. Silencio.