lunes, 23 de febrero de 2009

TU ACORDE PURO EN NUESTRO CANTO SUENA. A. Machado, Juan Rejano y la poesía.

*A. Machado, camino del exilio, en la casa Santa María, en Raset, aldea próxima a Cerviá de Ter (Gerona).

Varios días llevó su maletín como un encabalgamiento dilatado hasta el caminar de sus versos. Hoy lo tengo entre mis manos. He intentado soñar sus papeles, he decidido escribirlos sólo para mí, para que el fango y las aguas por las que anduvo, sólo sean los surcos de mi mano. Una maleta con los papeles del alma, con el sol revocado de la muerte, con el azul como tinto en el gañote.
Escribe Ian Gibson que Antonio Machado llevaba, ya en la escapada desde Madrid, una maleta. Piensa el hispanista que en esa maleta se acumulaban papeles personales: poemas, borradores y cartas de amor a Pilar Valderrama. En casa Santa María pasan cuatro largas jornadas después de haber atravesado con una furgoneta carreteras comarcales. Llúcia Teixidó recuerda, como administrativa de la finca, que Machado le pidió con encarecimiento que le guadara el maletín que traía consigo.
No se sabe hasta dónde los dejó, a los Machado y a otros acompañantes, el vehículo que los llevaba. De cualquier forma, cerca de la frontera, al menos, así lo asegura, Joaquín Xirau. El frío era tremendo, los dejaron sin dinero, en medio de la carretera y con una lluvia desconcertante. Cuarenta personas en total era el número de expedicionarios del exilio.
Probablemente después de abandonar Portbou, afirma Gibson, después de atravesar una empinadísima loma en Els Balitres, llegan al paso de la frontera. Una pendiente atroz para terminar la vida, una silva interminable de ritmos empedrados de ripios y zafiedades.
El maletín nunca volvió a las manos de Machado, se quedó con el resto de equipaje en la camioneta. Como si las palabras valieran lo que vale un pingajo. En ese maletín se quedó la vida de Antonio Machado, en él, desaparecido y oculto, estaba el rumor de la inocencia que lo invadía, el del amor en carne cruda, el del auspicio de la verdad trémula y cercenada. El odio por los hombres quedó en ese maletín, sólo un hombre bueno levantó las piernas hasta desfondárselas, las piernas del alma, evidentemente.

***
Se publicó hace poco un libro que recoge buena parte de la producción poética de Juan Rejano, La tarde y otros poemas, 2008, en la editorial Cátedra. La edición, a cargo de una especialista en el autor, Teresa Hernández, conjuga de buena manera la selección de textos y la edición anotada.
No había leído nada de Juan Rejano, su nombre lo tenía tabulado en esa lista de poetas exiliados al rebufo de León Felipe, Emilio Prados o Cernuda, de hecho, descansan sus restos en el Cementerio de los Españoles en la capital de Méjico.
La tarde, libro que se recoge íntegro, es la mejor muestra del quehacer poético de este autor cordobés. El resto de libros muestran la diversidad versificadora que poseía el poeta y la profunda sensación de exilio que padeció.
Hay un poema elegíaco dedicado a Antonio Machado, que pertenece a Canciones de la paz, titulado La respuesta. En Memoria de Antonio Machado (1956). De él rescato los primeros versos:
“Me nutrió tu palabra, desnuda y verdadera,
y he crecido a tu lado como un árbol sonoro
al pie de una montaña.
Desde la infancia tengo
Los labios rezumando tu savia humilde y buena.
No te siento: te llevo dentro de mí, lo mismo
Que el rumor enclaustrado de un caracol marino.
Solitario viajero de los ríos
Patriarcales
Y los páramos tristes de Castilla,
Quisiera
Rodear tu memoria de sonidos
Esbelto
Responder a tu augurio y a tu amor
A los hombres
Con el acto tranquilo de mi fe
En la mañana. […]