miércoles, 24 de noviembre de 2010

Esta mañana, en el tren, coloqué el libro de A.C., Tres tratados de armonía, encima de la bandeja que me acompaña. Cuando lo hube sacado, la señora que iba a mi lado comenzó a mirarlo como si estuviera extrañada por aquel volumen que ni era novela ni nivola ni templario en vinagre. Estaba pensando, mientras ella se colocaba el abrigo sin pliegues debajo de sus posaderas, que era un músico que leía algún tratado de armonía musical. La portada del libr, para colmo, es un músico en un detalle de Presentación en el templo, de vittore Carpaccio.
Fue a partir de ese instante cuando hice de músico y comencé a escribir, en las guardas del libro, unos pentagramas enigmáticos con melodías cargadas de compases ternarios, con blancas y corcheas por registros graves. La señora seguía ensimismada, observando cómo alguien escribía supuestamente unas partituras embrionarias. En esos momentos de alborada, supuse la música de Corelli en aquel papel apócrifo. Sin embargo, cuando pudo comprobar la señora que en el libro no aparecía ningún pentagrama, sino algún poema y breves textos que yo no dejaba de subrayar y de glosar, no puedo contener su indiscreción, “perdone, ¿usted es músico?”, dijo con ademán serio. Sí, le dije, mi nombre es Arcangelo y, sin que ella lo supiese, le pronuncié de memoria un pasaje del libro: “señora, acabamos siendo lo que contemplamos con aceptación, con amor. Acabamos siendo el ámbito de lo que respiramos y en el que hallamos la plenitud del ser: la armonía.”.

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Recordé un fragmento de Pessoa, del Libro del desasosiego, en que dice tener en la mesita de noche un tratado de retórica. Como últimamente imito la letra y la vida de los escritores predilectos, agarro de los estantes todos los tratados de retórica y manuales de métrica con el fin de comenzar a leerlos. De inmediato, caigo en la cuenta de que Manrique utilizó la sinafía y la compensación magistralmente y que Juan de Mena era un virtuoso frígido. Luego reparo en la cadencia de fray Luis, en la ritmicidad (vocablo que habría que inventar) inigualable. Y ahí me quedo, con la música de fray Luis. Cuando esto sucede y repito sus versos en voz alta, en el salón de la casa, M. me pregunta qué sucede, “es de nuevo la armonía”, le contesto, “la armonía”.

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Creo que hoy he leído caninamente, como decía James Boswell que leía Samuel Johnson.

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En el capítulo XIX de la primea parte de El Quijote sucede una de las primeras genialidades: “el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas”. Esa consciencia temprana en el personaje, emboscada en un tono equilibrado y perfecto para tal cometido. ¿No tendríamos nosotros que invocar esa reflexión para nuestra vida? ¿No tendríamos que estar a la búsqueda de la armonía que nos entrona como humanos, que nos posee como naturaleza?
La poesía es la raíz en la oscuridad que conduce a la luz proclamada. La poesía es la irreverencia del hombre ante la naturaleza dada. La poesía es la magnitud del pensamiento del hombre. La poesía es la verdeante rama desnuda, la fastuosa armonía minúscula del hombre, la historia conseguida de los nombres en la tierra con tierra y polvo finitos.