sábado, 13 de noviembre de 2010

Varios días llevo recordando a mi abuelo Juan, amigo del fallecido Marcelino Camacho. Siempre que me dispongo a escribir sobre él, tengo la impresión de que utilizo una pátina demasiado mitificada en estas palabras, pero siento, por ende, una enorme sensación de pérdida por alguien a quien apenas conocí, una desmedida rabia que me recorre cada vez que me comentan algo al respecto de algunas de sus actuaciones hace más de medio siglo: de su carácter, su afán, sus ideales, sus lecturas, su maestría.
Hablaba con el profesor y amigo P.J. sobre las magníficas conversaciones que hubiera podido tener con él, ya que, según analizo de las palabras de mi padre y de mi abuela, “leía todo el tiempo a escondidas, con miedo, como perseguido…”. En la mesa estaban algunos críticos, como Prieto de Paula y profesores, como José Luis Bernal, avezados en el estudio de la literatura. Me sobrecogió, de pronto, entre vinos y viandas, la temerosa avidez de haberlo tenido cerca, de haberlo escuchado conversar, a mi abuelo, al que arrojaron a la calle desde el balcón de un primer piso porque nombró a Miguel Hernández. Por unos minutos quedé ido, como en una morada excluida, de aquellas interpretaciones sobre este o aquel poeta, sobre Baroja o Azorín.
Poco después, cuando los pensamientos fueron abisales señas en la memoria, retomé las enfervorecidas palabras del crítico P.de P. sobre Azorín. Cuando salimos del restaurante, en pleno centro de Cádiz, le dije a solas al crítico y profesor, que había llegado a la obra de Azorín, sobre todo a La voluntad, gracias a Gonzalo Sobejano y a su libro Nietzsche en España. Parecen que estas palabras detonaron en el profesor todas las ganas de charlar que había escondido hacía unos minutos. Y me ilustró sobre unas cartas que le dirigió Baroja a Azorín …y la noche se iluminó y se terció el frío de la madrugada en calor humano y enseñanza, en lección de la experiencia que avivaron la negrura de no haber podido nunca recibir nada de mi abuelo Juan.