lunes, 1 de noviembre de 2010

Sobre la palabra humildad, sobre esa palabra, escribe J.J.L unas líneas que hacen que me detenga y que acuda al Tesoro de la lengua, de Covarrubias. Hacía tiempo que un escritor no me conducía hasta Covarrubias. La verdad es que pocos escritores mantienen ese coqueteo con las entrañas históricas de las palabras, pocos, por no decir casi ninguno, porque los términos se utilizan como avenidos sin limpieza en las prosas de ahora. Hay casos, es cierto, de escritores que rubatean con los términos teniendo en cuanta su étimo y su capacidad semántica.
Hay palabras que sustentan un étimo que ha ido derivando en la semántica por territorios léxicos que bien valen un poema. Alguna vez dije que el poeta era un etimologista del verbo sin hacer y que su labor consistía en truncar la trayectoria precipitada de las palabras de la tribu. Aunque, volviendo a la cuestión, la palabra humilde, una vez leído su étimo, merece un poema. Como uno no está poeta casi nunca y como uno no es poeta por la gracia de la voluntad, me conformo con realizar una glosa más o menos pertinente sobre este término en este diario. Algo parecido a lo que fue realizando A.T. en un volumen magnífico que se titula El arca de las palabras.
Humildad, dice Covarrubias que proviene de humilis, opuesto a soberbio, a altivez. Sin embargo, lo que más me interesa es humillarse, ya que, sobre este término piensa Covarrubias que trae su origen (qué expresión más hermosa, traer su origen) de la palabra humus, humi, esto es, tierra. Por lo tanto, entiendo que humilde es aquello que pertenece a la tierra, que no levanta sus miras y su existencia más allá del contacto con el terruño. Humilde, el que mantiene los pies en la tierra sin soberbias.
Claro, Covarubias, de tanto contacto, introduce su apostilla filosófica aderezada con algo de ficción y de ideología de la época. Dice Covarrubias: “la tierra, así como ella es la más humilde de los cuatro elementos, inclinada a centro y arredrada de la alteza del cielo, así el humilde ha de llevar condición y andar pecho por tierra cosido con ella”. Se deja entrever, en las últimas líneas, una magnífica imagen de lo que debe ser una persona humilde: un hombre que ande pecho con tierra cosido con ella. Esta metáfora me ha llevado a la poesía de Miguel Hernández, a la poesía mineral de Neruda o a la terrícola y agraria sensación de Don de la ebriedad, de C. Rodríguez. En fin, desvelos etimológicos que se entrecruzan con la poesía, con el pecho descosido, andando cosido a las palabras.

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Siempre hay en un diario un regreso a los orígenes, porque uno merodea por el origen toda su vida. Me escribe J.S.M. y me confirma esta sensación, porque hasta ahora, sólo era pálpito y no experiencia. Y lo mismo sucede en la poesía y en la prosa narrativa, lo que uno fue lo sigue siendo. La escritura es, como en Platón, aletheia, desvelo de lo que fecunda a diario lo que fuimos siendo.