lunes, 29 de noviembre de 2010

Tengo sobre la mesa un libro de Virgilio, Eneida, y otro de Pessoa, es decir, de su heterónimo Alberto Caeiro, Poesías completas. Al hojear el libro, compruebo que, en su momento, escribí unas notas al margen de algunos poemas. Por ejemplo, escribe Caeiro: “Yo no tengo filosofía: tengo sentidos…”. Junto a este verso dejé glosado: “Sin embargo, el hecho de pensar que no debe pensar acerca de la realidad supone un pensamiento, el no pensar como filosofía. Esta sugerente metafísica se restituye en el poema V: “Bastante metafísica hay en no pensar en nada”. A este respecto, escribí: “Poética esencial de A. Caeiro: el primer verso lo condensa todo”. Algunos versos después, en ese mismo poema, escribió Caeiro en manos de Pessoa: “¿El misterio de las cosas?¡Qué sé yo lo que es el misterio!/El único misterio es que haya quien piense en el misterio. “ Claro, como ese verso de Ángel González, “si existo es porque tú me imaginas”.
En el poema VII leemos: “y nos vuelven pobres porque nuestra única riqueza es ver”. A su lado, mi letra menuda, escrita a lápiz: “exaltación de lo sensible, la mirada como creación de la realidad. Existe lo que veo, veo lo que existe. Me veo, diría Pessoa”.
Y, para terminar, una sentencia diluida en unos versos prodigiosos: “los seres existen y nada más,/ y por eso se llaman seres”.
Todos estos rastros de la lectura me han conducido a un estado de añoranza sobre alguien que fui pero que desconozco, sobre alguien que escribió después de una lectura que, ahora, no recuerdo como entonces. Esta será la estación del lector, ser uno en la múltiple pero concreta escritura inconsciente.
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Virgilio, ay, Publio Virgilio Marón. Nos recuerda Borges que Leibniz urdió una parábola en la que se proponía dos bibliotecas: una de cien libros distintos, de distinto valor; otra de cien libros iguales, todos perfectos. En palabras del propio Borges, es significativo que la segunda conste de cien Eneidas.