martes, 2 de noviembre de 2010

Porque ya era independiente de mí esta mañana, puedo decir que se suicidó un poema. Fue al no escribirlo, de pronto, en el abismo, porque todo él estaba en la cabeza. Sobrevino soterrado, como la luz en la tierra; y ningún dios fue capaz de rescatarlo y restituirlo ni de devolverlo a la vileza…así el hombre piensa en los mundos insondables, herrumbrosas lanzas de la certeza.
Por eso pienso que la poesía brota de la plenitud y que un poeta no lo es más que cuando está contemplando la eternidad de su finitud. Corriente alterna, espacio sin límites, sílabas prendidas; la creación no ocurre ex nihilo, surge de la celebración de lo humano, de la comprensiva pauta que despierta en el hombre el mundo en sí. Es la relación de fisicidad de las ideas que sustentan el cosmos. Su trayectoria comienza en lo indecible-pensado y termina, mediante la palabra, en el pensamiento-inefable que realiza el lector. Es decir, es la comunión extática con el mundo y con el hombre mismo.

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Creo que hubo un intercambio de la luz y de la claridad y que acrisolaron en una especie de ideograma indescifrable. Una caligrafía surgida de no sé qué avatares que desdibujó el horizonte convocando las fauces de un idilio. Eso fue la mañana con el poema en sus entrañas.

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En cualquir caso, puedo afirmar que es la sensación más parecida a lo que escribió Platón al final de Fedro, cuando introduce a Teuth y a Thamus. La interiorización, el desvelo interno, sin pedagogías exteriores, sin recordatorios superfluos. Thamus le dice a Teuth: "porque es olvido lo que producirán en las almas quienes las aprendan", al referirse a la escritura. Al término de esta referencia, Sócrates le recuerda a Fedro: "según se dice que se decía en el templo de Zeus en Dodona, las primeras palabras provenían de una encina". Y, como las encinas, que crecen en silencio y en la negrura de la tierra, como las encinas de Donda, la antigua y trágica, nacieron las palabras muertas en la mañana. Este texto es su velatorio.