jueves, 25 de noviembre de 2010

Tiene el cielo los dorados pedigüeños de la oración muda, el cielo de este barro que me embate. Tiene el horizonte la amplitud de mi espíritu, el horizonte paramero y en tristura. Tienen las huellas, las huellas que destilan estas letras, la delicuescencia de la ficción. Tiene la luz su ocaso entre los ramajes de mis manos y el cuerpo modelado de lo eterno.

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Cuando comienzo a escribir en mi moleskine negro lo hago con un arranque precipitado. Con efusión redacto algunas líneas que calientan la muñeca y la mollera. Lo hago con un pequeño bolígrafo,-que ya ha aparecido por estos diarios-, que me regaló M. Creo que la tinta está a punto de entrar en la mudez.
Quiero que me suceda esa mudez de los bolígrafos, porque aparecen de repente y por empacho, quiero decir, que deseo la blancura del bolígrafo sin tinta porque, cuando eso suceda, será la señal de que escribo sin conflictos, casi transparente, tan solo marcando la presencia del ser que las vehicula y las obliga. Porque el escritor es un emperador sin reino, un demiurgo acechante y acechado.