lunes, 22 de noviembre de 2010

Quería pronunciarse la luz entre las lomas, mas los pezones del alba lo impedían. Parecía arrancarse de sus raíces para proclamarse en la humedad de la tierra que abarca el campo tempranero. Unos pájaros cruzaban el horizonte como esquirlas del silencio. Prendidos los arenales, el hueco de la vida en la negrura brotaba como desierto del alma, como escondite del olvido. Había una quietud que rezumaba una plegaria inaudita. Quiso la noche retirar sus desvelos y asirse a la luz como enramada, como una buganvilla muda. Por eso al amanecer se amoratan los cielos.

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La estampa era la de la encina. Con su copa entreabierta y politeísta; con su robusta tez de evangelista primitivo. A su sombra, leía unos poemas escritos con lentitud, aunque la lentitud no sea un pronóstico de nada en la literatura. Sin embargo, el noble cuerpo del árbol es una lección poética que ahonda en la silueta indecible que a todos nos persigue.

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Por la mañana, durante mi pasaje en tren al trabajo, leo el libro de A.C. Lo hago con entusiasmo y a pesar de que todo el libro sea uno, el mismo, siempre. Son textos breves, pero cargados de profundidad y de sabiduría. Son textos que, en ocasiones, tienden a arrimarse a lo lírico, incluso a lo estrictamente poético. Y es entonces cuando el escritor se olvida de toda esa luz y esa evanescente claridad de la que predica sus virtudes y se subleva a la palabra, a la palabra como río, como arroyo que choca en las piedras y persigue su destino....y la palabra revoca en el hombre, como un todo, en el hombre que la convoca y la renueva y la devuelve a la cercanía del silencio del que nunca tuvo que haber surgido.