miércoles, 17 de noviembre de 2010

Hace años leí el libro de Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano. Estos días lo he vuelto a releer sorprendido por la vigencia que poseen muchos de sus planteamientos. En el tren que me lleva al trabajo, voy leyendo los libros que pienso que mejor se adaptan a las circunstancias del viaje: su duración, su acomodo, la hora en que se produce; y éste de Eiade es perfecto para el asunto. Además, teniendo en cuenta que el viaje a través de los raíles convierte a los usuarios en adocenados seres de costumbres cerradas, los libros que uno elija para tal fin deben servir para romper esas correas de amarre.
Lo sagrado y lo profano. Trato de extrapolarlo a otros fueros, como el literario y es, desde esa perspectiva, cuando subrayo frases como las siguientes: “la incapacidad humana para expresar lo ganz andere: el lenguaje se reduce a sugerir todo lo que rebasa la experiencia natural del hombre con términos tomados de ella”. Estas palabras, que tan hondamente expresan lo que de inefable nos queda como hombres desde la antropología religiosa, me han hecho repasar la cita de un dicho sufí que encabeza Tres tratados de Armonía, de A. Colinas: “¿de qué sirve que las criaturas humanas inventen una narración que explique la existencia cuando las realidades de la naturaleza son, en sí mismas, una lectura lineal de cómo es?”.
Estas reflexiones las hacino en la memoria. Anoto en mi moleskine algunos versos que quieren aparecer a pesar de la inconsciencia; unos párrafos que abordan el problema de la escritura como bien solitario; etcétera. Cuando faltan pocos minutos para que tenga que comenzar a trabajar, esto es, a desvivirme, escribo una pregunta: ¿cuál es la experiencia natural de la armonía?
***
La poesía es perenne y subjetiva, nace del individuo para acogerse a lo universal, proviene de una mano para rasgar en las entrañas, combina la perfecta finitud del hombre con sus aspas abiertas a lo eterno.
***
Hay veces que el mundo nos indulta.