domingo, 31 de octubre de 2010

Llevo varios meses reflexionando sobre la conducta humana que actúa sin referentes morales y éticos. Pienso que los hombres de ahora están desnortados y que no poseen ni referentes religiosos de conducta ni referentes laicos de conducta. También opino que, a la postre, la lectura de Platón o de Shopenhauer, la lectura de los textos cristianos originarios y el entendimiento de las teorías filosóficas más elevadas, terminan bañándose en las mismas aguas: Justicia, Leyes, Conductas, Bien, Amor, Solidaridad, Amistad, Estado, Conocimiento, etc., todos esos términos que marcamos con mayúsculas. Son los radicalismos y fundamentalismos de uno y otro pelaje, los que han llevado a las posturas extremas y a los desajustes que estoy comentando.
Lo hago porque pienso que es ése el estado de la sociedad de este país. Desde la política (y con la ayuda de los medios de comunicación) se ha intentado un vaciado de texto, esto es, el desarme intelectual de los ciudadanos. Para ello, toda la carga ideológica apunta, constantemente, hacia la capacidad individual para las elecciones personales. Se ha querido decir que la libertad consiste en poder elegir entre esta o aquella opción, cuando, en realidad, les ha faltado añadir que poder es saber elegir. No basta con ofrecerle al hombre la capacidad para poder elegir ente esta o aquella acción demonizando las propuestas restantes. Para que el hombre sepa elegir en libertad hay que tener en la cabeza un conglomerado de conocimientos y actitudes que poca presencia tienen en la actualidad.
Ocurre que, con ese exacerbamiento de la individualidad, se ha desacralizado cualquier estamento y estrato social. Todo el mundo es capaz de todo, y todos podemos hacer todas las cosas. Esta consigna encierra una grave falta de conciencia y es ápice para que algunos terminen exaltando las violencias del libertinaje. Ni todos poseemos la misma capacidad intelectual, ni todos podemos desarrollar en la sociedad las mismas acciones estatales. Con este ideario, hemos conseguido que la división ente lo profano y lo sagrado (desprendida de todo reminiscencia religiosa) se haya diluido y que todo pueda ser arte, todo pueda ser admitido como buena acción, todo el mundo pueda ser profesor, todo el mundo pueda ser político, todo el mundo pueda dar su opinión para que influya a los ciudadanos, en definitiva, todo el mundo pueda conseguir en la vida lo que los demás. ¿Por qué tú sí y yo no, si somos iguales?